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DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
EL MAYO FRANCÉS, Y LA REPERCUSIÓN EN LA ARGENTINA
Por Jorge Alberto Requejo *
Como "la belle époque", "los años locos" o "el treinta", "los sesenta" forman parte de esa pequeña corte de símbolos que, para quienes vivieron entonces o saben de esos tiempos por obra del patrimonio cultural que cada generación recibe de las anteriores, despierta una multitud de sentimientos, a veces contradictorios, en que las sociedades vivieron, disfrutaron o sufrieron con especial intensidad y en todos los casos alimentaron particulares ilusiones y esperanzas respecto del logro de un mundo cada vez mejor.

Desde el horror despertado por la construcción del muro de Berlín y las expectativas generadas por el aggiornamiento de la Iglesia Católica a raíz del Concilio Vaticano II, hasta las rebeldías del "Mayo francés" y la "primavera de Praga", y el deslumbramiento por el avance científico y tecnológico que significo la llegada del hombre a la Luna, pasando por la guerra de Vietnam, el otorgamiento de los derechos civiles a los negros en Estados Unidos, la aparición de la píldora anticonceptiva, la independencia de Argelia, la Revolución Cultural China, la muerte del Che Guevara y la Guerra de los Siete Días, por citar sólo unos pocos hechos, la década de 1960, acunada por la música de los Beatles, dejó una impronta que marcaría a fuego a más de una generación. La Argentina, con una democracia que procuraba funcionar y madurar con el lastre de la proscripción del peronismo y la tutela de las Fuerzas Armadas, que a mitad del decenio volvieron a instalarse en el poder, no fue ajena a la ebullición política, social y cultural de esos años. Las vanguardias artísticas, atravesadas por la tensión entre el realismo y el absurdo, aportaron a todo este movimiento y el Instituto Di Tella aún con las críticas que provocó se constituyó en el hito emblemático de la modernidad cultural.

La renovación cultural y científica que se había iniciado en la universidad desde mediados de la década de 1950 se interrumpió, abruptamente, en 1966. Esta situación sumó a otras resistencias, la de los intelectuales que fortalecerían un camino singular de reflexión crítica y de vinculaciones ideológicas, impensables unos años antes, reactualizando las polémicas sobre su compromiso con la sociedad.

Surgió una "nueva izquierda" nutrida por el éxito de la Revolución Cubana, la reconsideración del peronismo como movimiento popular, la expansión del marxismo en sus múltiples variantes y el antiimperialismo como bandera. Se generó así un debate intenso, signado por un interrogante: el valor y el sentido de la revolución como imperativo político y social de la época.

La Argentina, presa de la férrea voluntad de mando del poder militar, con su sociedad civil debilitada por contradicciones profundas, apuraba el paso, de la mano de una ideologización, cada vez más extrema, hacia el extravío de los años setenta.

OTRA VEZ LOS MILITARES
El domingo 29 de Mayo de 1966, el general Pascual A. Pistarini, con motivo del Día del Ejército, en un acto que contaba con la presencia del presidente Illia, expresó: "En un Estado cualquiera no existe libertad cuando no se proporcionan a los hombres las posibilidades mínimas de lograr un destino trascendente, sea porque la ineficacia no provee los instrumentos y las oportunidades necesarias, sea porque la ausencia de autoridad haya abierto el camino de la desintegración; no son los hombres ni los intereses de partidos o fracciones los que señalan el rumbo a la institución que la República armó como garantía de su existencia". (1)

Además del vacío de poder a que hacia mención el discurso, la institución militar se consideraba a sí misma, sobre la base de la Doctrina de la Seguridad Nacional, como última garantía de orden y por encima de la política de los políticos.

Se realizaron reuniones de los Altos Mandos. El golpe estaba en marcha. El 27 de Junio fue revelado y arrestado el comandante del II cuerpo de Ejército, general Carlos A. Caro, contrario, al golpe y por la noche se le informó al presidente del desconocimiento de su autoridad, ordenándole abandonar la Casa de Gobierno. Como Arturo U. Illia se negó a dejar su cargo para el que había sido elegido, al día siguiente a las 5.30 de la mañana, el general Julio Alsogaray, acompañado por tres oficiales, se apersonó al presidente y le exigió salir del despacho presidencial, ante la negativa, otra delegación militar acompañada por efectivos del Cuerpo de Guardia de Infantería de la Policía Federal desalojó al presidente y a algunos colaboradores de la Casa Rosada.

El día 29 a las 8.55 las Fuerzas Armadas emitieron una proclama: "Nuestro país se transformó en un escenario de anarquía caracterizado por la colisión de sectores con intereses antagónicos, situación agravada por la inexistencia de un orden social elemental. En este ámbito descompuesto, viciado además de electoralismo, la sana economía no puede subsistir como un proceso racional. La inflación monetaria que soportaba la Nación fue agravada por un estatismo insaciable e incorporada como sistema y con ello el más terrible flagelo que puede castigar a una sociedad, especialmente en los sectores de menos ingresos, haciendo del salario una estafa y del ahorro una ilusión. La transformación nacional es un imperativo histórico que no puede demorarse. La modernización del país es impostergable y constituye un desafío a la imaginación, la energía y el orgullo de los argentinos. Transformación y modernización son los términos concretos de una fórmula de bienestar que reconoce como presupuesto básico primero, la unidad de los argentinos". (2)

La "Junta Revolucionaria" estaba formada por Pascual A. Pistarini (en representación del Ejército), almirante Benigno Varela (de la Armada) y Teodoro Álvarez (de la Aeronáutica). Destituyeron al presidente y al vice, a los gobernadores, disolvieron el Congreso Nacional y las legislaturas provinciales y separaron de sus cargos a los miembros de la Corte Suprema y al procurador General. Disueltos los partidos políticos, estableció la vigencia del Acta de la Revolución Argentina por encima de la Constitución Nacional.

El 29 de Junio asumió el general Juan Carlos Onganía, un líder militar que carecía de experiencia política; con él se inició un gobierno autoritario y centralizado. (3)

Nunca en la Argentina un golpe de Estado había sido tan anunciado, por lo que Alain Rouquié define como "consenso inmovilista". (4)

Sin violencia, los golpistas fueron definidos irónicamente como los revolucionarios mejor educados del continente. El trámite expeditivo por el que los jefes de las tres armas se habían incautado del poder parecía justificarse en el texto mismo de la proclama revolucionaria, que sin rodeos acusaba al gobierno de haber tenido una legalidad formal, haber defraudado las esperanzas del pueblo por su ineficacia y por haber gobernado con un interés partidista.

El general Juan Carlos Onganía, al que algunos medios periodísticos habían elevado a la categoría de reserva institucional al conferirle un liderazgo que lo convertía en el conductor capaz de sacar al país de la situación en que lo había sumergido, según ellos, la ineficiencia de la clase política gobernante. Hubo quienes trataron de difundir la imagen de una dictadura al estilo de las magistraturas romanas, fundada en situaciones de emergencia, pero revestida de legalidad por su misma naturaleza de excepción. (5)

Curiosamente, subraya Potash, para algunos argentinos esperanzados en el cambio de gobierno, la presidencia de Onganía no tendría el carácter de un gobierno militar. Sólo los partidos de izquierda denostaron la dictadura que se instalaba y advirtieron acerca de sus posibles alcances; aunque también la interpretaron como la salida lógica para un gobierno civil que no había cumplido con su programa. (6)

Se abría para la Argentina un período de siete años durante los cuales se acelerarían los tiempos y mudarían las contradicciones sociales y económicas hasta volverse ingobernables, aun para un régimen de facto.

Resulta difícil asir la vertiginosa sucesión de hechos y personajes; parece más adecuado tratar de elegir algunos ejes de análisis que ayuden a explicar el camino recorrido que desembocó en la vuelta de Perón.


LA PRIMAVERA DE LOS PUEBLOS
No era difícil encontrar por entonces en todo el mundo señales confirmatorias de esa primavera. Los vastos acuerdos sociales que habían presidido el largo ciclo de prosperidad posterior a la Segunda Guerra Mundial estaban agotándose, como se advertía en la ola de descontento que recorría a la sociedad, y sobre todo en la rebelión de su grupo más sensible, los estudiantes. Se expresó en Praga, México, y culminó en París en mayo de 1968, clamando contra el autoritarismo y por el poder de la imaginación. La expresión más notoria del poder autoritario, el imperialismo, trastabillaba visiblemente frente a la ola de movimientos emancipatorios: la sorprendente capacidad de resistencia del pueblo de Vietnam mostró la imagen derrotada de un gigante que, además, debía lidiar en su propio frente interno con estudiantes negros y una sociedad entera que reclamaba sus derechos.

La Unión Soviética, develadora de la primavera de Praga, había dejado hacía mucho tiempo de encarnar una utopía, la China y su Revolución Cultural proclamaban la posibilidad de otro comunismo, a la vez nacional y antiautoritario. La imagen de presidente Mao, así como la de Fidel Castro, oscilaban entre el mundo socialista y un Tercer Mundo.

En América Latina, donde los prospectos de la Alianza para el Progreso y el apoyo a las democracias habían quedado definitivamente archivados, los campos estaban bien delimitados: si para el poder autoritario el desarrollo era un fruto de la seguridad nacional, para quienes lo enfrentaban la única alternativa a la dependencia era la revolución, que conduciría a la liberación. (7)

El Mayo francés, y la década de 1960 en general, nos han legado un conjunto de imágenes y palabras que definen a una generación.

Es cierto que esta experiencia representó cosas diferentes para los estudiantes, trabajadores y minorías de cada país. Sin embargo, es imposible ignorar los rasgos comunes de un fenómeno sociocultural a todas luces nuevo y cuyas expresiones más claras ponían de manifiesto el surgimiento de una sensibilidad política típica de las sociedades industriales.

Desde fines de 1967 Francia fue sacudida por una escalada de huelgas, jornadas de protesta, y ocupación de fábricas y universidades, que alcanzaron su punto máximo en Mayo de 1968 cuando estudiantes y fuerzas de seguridad se enfrentaron violentamente en las calles de París.

A la movilización estudiantil, que comprendió a todas las grandes universidades, así como a los principales colegios secundarios de la capital, se agregó la de los trabajadores del sector público y privado, Francia quedó virtualmente paralizada durante dos semanas.

Sin servicios públicos, con los aeropuertos cerrados, y con el Barrio Latino erizado de barricadas, algunos comenzaron a tomar en serio el discurso revolucionario del cual se revestía esta inesperada politización juvenil.

A principios de Junio las cosas dieron un vuelco radical, tan radical como su comienzo y en pocos días los trabajadores reanudaron sus actividades. Luego de obtener importantes concesiones del gobierno y las patronales, los sindicatos volvieron a tomar distancia con respecto a las organizaciones estudiantiles. La mayoría de los establecimientos educativos retornaron a la normalidad. Más aún, en las elecciones parlamentarias de Junio el partido del presidente Charles de Gaulle obtuvo una aplastante victoria sobre la izquierda y los centristas.

Aún entre los estudiantes e intelectuales franceses que participaron activamente el significado del ´68 no fue el mismo para todos. En este sentido hay que reconocer que "no hubo uno sino muchos Mayos del ´68".

En primer lugar deberíamos mencionar el protagonismo de los estudiantes, y en particular el de la población universitaria. Esto era el resultado, por un lado, del fabuloso crecimiento demográfico de la posguerra, los jóvenes radicales de los sesenta eran efectivamente, los protagonistas del boom demográfico de los cincuenta.

Se trataba de la primera generación en varias décadas que no había experimentado directamente guerras o crisis sociales profundas.

Pero el protagonismo de la juventud no era sólo una consecuencia de su número sino también de los cambios socioeconómicos que habían transformado radicalmente el lugar que este sector de la población ocupaba en la sociedad. La prosperidad de la posguerra había incrementado enormemente las posibilidades de ascenso social a través de la expansión, de la educación pública.

Sumémosle a ello el arraigo definitivo de la cultura del consumo, ampliamente desarrollada en los Estados Unidos antes de la guerra e introducida masivamente en Europa después de 1945, cuyas estrategias hicieron de la juventud la franja del mercado más importante para la industria de artículos de consumo masivo. (8)

El segundo rasgo común fue el surgimiento de formas de organización peculiares que de hecho expresaban una concepción diferente de la política y de las luchas para la transformación de la sociedad. La politización estudiantil se desarrolló, inicialmente, de forma autónoma con respecto a las fuerzas políticas y sindicales tradicionales, y más tarde, abierto conflicto con muchas de ellas.

La aspiración más difundida y que alimentó la movilización estudiantil estaba ligada a una concepción libertaria y anarquista de la democracia, es decir, de un ejercicio ilimitado de la libertad en todos los planos de la vida humana.

Esta demanda de libertad se tradujo en una crítica sistemática al poder político así como a las instituciones y prácticas socioculturales que permiten su reproducción. Las organizaciones estudiantiles reivindicaron no sólo la democratización de la universidad, sino la universidad misma como un espacio que les pertenecía. Este fue uno de los aspectos de la politización estudiantil.

El otro correspondió al intento de las agrupaciones de orientación trotskista, maoísta y anarquista de minar las bases de la universidad burguesa estableciendo un puente entre los estudiantes, de un lado, y las luchas obreras y antiimperialistas, del otro. La radicalización de las luchas estudiantiles, no cambió en absoluto el carácter de clase de la universidad. Sin embargo, la protesta contra el imperialismo (guerras de Argelia y de Vietnam y movimiento antinuclear) y la denuncia del autoritarismo arraigado en las instituciones políticas, sociales y culturales tuvieron un enorme éxito como mecanismo de formación de identidades políticas diferentes de las tradicionales, es decir, de aquéllas determinadas por la pertenencia de clase. (9)

La novedad de esta transformación estriba tanto en su extraordinaria rapidez como en su universalidad. Es verdad que las zonas desarrolladas del mundo, hacía tiempo que vivían en un mundo de cambios, transformaciones tecnológicas e innovaciones culturales constantes. Para ellas la revolución de la sociedad global representó una aceleración, o una intensificación, de un movimiento al que ya estaban acostumbrados.

Pero para la mayor parte del planeta los cambios fueron tan repentinos como cataclísmicos.

En muchos sentidos quienes vivieron la realidad de estas transformaciones no se hicieron cargo de su alcance, ya que las experimentaron de forma progresiva, o como cambios en la vida del individuo que, por drásticos que sean, no se conciben como revoluciones permanentes.

¿Por qué tenía que implicar la decisión de la gente del campo de ir a buscar trabajo en la ciudad de Buenos Aires? Ellos no tenían intención de cambiar de forma de vida para siempre, aunque eso fuera lo que ocurrió. Que distinta era, por ejemplo, Buenos Aires de principios del treinta a la de principios de los cincuenta.

El cambio social más drástico y de mayor alcance de la segunda mitad de este siglo, y el que nos separa para siempre del mundo del pasado, es la muerte del campesinado. (10)

Pero si el pronóstico de Marx de que la industrialización eliminaría al campesinado se estaba cumpliendo por fin en países de industrialización precipitada, el acontecimiento realmente extraordinario fue el declive de la población rural. Este proceso de concentración urbana se debe a varios factores: la índole de la producción agropecuaria, que requiere pocos brazos; la dificultad que encuentra el colono para adquirir la propiedad de la tierra; las malas condiciones de vida y trabajo del peón rural; el latifundio, que dificulta gravemente el progreso de grandes zonas del interior del país; la tradición centralista de Buenos Aires en la historia argentina. Todo esto tiende a fiscalizar la vida política del país, cuando el campo se vacía y se llenan las ciudades.(11) El mundo de la segunda mitad del siglo XX se urbanizo como nunca. Pero curiosamente, el viejo mundo y el nuevo convergieron. La típica "gran ciudad" del mundo desarrollado se convirtió en una región de centros urbanos interrelacionados, situados generalmente alrededor de una zona administrativa o de negocios. Su interconexión, o tal vez la disrupción del tráfico de vehículos privados provocada por la ingente cantidad de automóviles en manos de particulares, se puso de manifiesto, a partir de los años sesenta. (12)

Al mismo tiempo, la descentralización se extendió, al irse desarrollando en los distintos barrios o complejos residenciales suburbanos sus propios servicios comerciales y de entretenimiento, sobre todo gracias a los "centros comerciales" periféricos de inspiración norteamericana.

La red de transporte público, por lo general vieja e inadecuada, y acompañada por un sinfín de colectivos que surgieron a la par de la segunda corona de urbanización, donde el tejido urbano es poco denso y desestructurado, dejó una cantidad considerable de espacios vacíos con dificultades para proveer de manera económica una infraestructura de agua y cloacas (13)

Casi tan drástico como la decadencia y la caída del campesinado, y mucho más universal, fue el auge de las profesiones para las que se necesitaban estudios secundarios y superiores. La alfabetización efectuó grandes progresos de forma nada desdeñable en los países revolucionarios bajo regímenes comunistas, cuyos logros en ese sentido fueron impresionantes.

Pero, tanto si la alfabetización de las masas en general como no, la demanda de plazas de enseñanza secundaria y, sobre todo, superior se multiplicó a un ritmo extraordinario, al igual que la cantidad de gente que había cursado o estaba cursando sus estudios.

Este estallido numérico se dejó sentir sobre todo en la enseñanza universitaria, hasta entonces tan poco corriente que era insignificante desde el punto de vista demográfico.

Todo esto no sólo fue algo nuevo, sino también repentino. Y eso a pesar de que el número de estudiantes hubiese ido creciendo a razón de un 8 por 100 anual. (14)

En realidad hasta lo años sesenta no resultó innegable que los estudiantes se habían convertido, tanto a nivel político como social, en una fuerza mucho más importante que nunca, pues en 1968 las revueltas del radicalismo estudiantil hablaron mas fuerte que las estadísticas.

El extraordinario crecimiento de la enseñanza superior, se debió a la demanda de los consumidores. Era evidente para los planificadores y los gobiernos que la economía capitalista exigía muchos más administradores, maestros y peritos técnicos que antes, y que a éstos había que formarlos en alguna parte; y las universidades o instituciones de enseñanza superior similares habían funcionado tradicionalmente como escuelas de formación de cargos públicos y de profesionales especializados. (15)

Pero mientras que esto, así como una tendencia a la democratización, justificaba una expansión sustancial de la enseñanza superior, la magnitud de la explosión estudiantil superó con mucho las previsiones racionales de los planificadores.

Esta multitud de jóvenes con sus profesores, eran un factor nuevo tanto en la cultura como en la política. Eran transnacionales, al desplazarse y comunicarse ideas y experiencias más allá de las fronteras nacionales. Tal como revelaron los años sesenta, no sólo eran políticamente radicales y explosivos, sino de una eficacia única a la hora de dar una expresión nacional e incluso internacional al descontento político y social.

La erupción de mayo de 1968 en París, epicentro de un levantamiento estudiantil de ámbito continental, distó mucho de ser una revolución, pero fue mucho más; ya que marcó el fin de la época del general De Gaulle, de la época de los presidentes demócratas en los Estados Unidos, de las esperanzas de los comunistas liberales en el comunismo centroeuropeo, el principio de una nueva época de la política mexicana y en la Argentina un conjunto de radicales experiencias de articulación entre el arte y la política, la CGT de los Argentinos, la central obrera opositora al régimen de Onganía, fue un ámbito propicio para varias de estas propuestas. (16)

El motivo por el que 1968 (y su prolongación en 1969 y 1970) no fue la revolución, y nunca pareció que pudiera serlo, fue que los estudiantes, por numerosos y movilizables que fueran, no podían hacerla solos. (17) Su eficacia política descansaba sobre su capacidad de actuación como señales y detonadores de grupos mayores. Desde los años sesenta los estudiantes han conseguido a veces actuar así: precipitaron una enorme ola de huelgas de obreros en Francia y en Italia en 1968, pero después de veinte años de mejoras sin paralelo para los asalariados en economías de pleno empleo, la revolución era lo último en que pensaban las masas proletarias. Tras el fracaso de los grandes sueños de 1968, algunos estudiantes radicales intentaron realmente hacer la revolución por su cuenta formando bandas armadas terroristas.

No obstante, todo esto nos deja con una pregunta un tanto desconcertante: ¿por qué fue este movimiento del nuevo grupo social de los estudiantes el único de entre los nuevos o viejos agentes sociales que optó por la izquierda radical?.

Esto nos lleva inevitablemente más allá de la estratificación social, ya que el nuevo colectivo estudiantil es también, por definición, un grupo de edad joven, es decir, en una fase temporal estable dentro de su paso por la vida, e incluía también una componente femenina muy grande y en rápido crecimiento.

No obstante, esto no explica por qué colectivos de jóvenes que estaban a las puertas de un futuro mucho mejor que el de sus padres o, por lo menos, que el de muchos no estudiantes, se sentían atraídos por el radicalismo político.

La consecuencia más inmediata y directa fue una inevitable tensión entre estas masas de estudiantes mayoritariamente de primera generación que de repente invadían las universidades y unas instituciones que no estaban ni física, organizativa, ni intelectualmente preparadas para esta afluencia. Además, a medida que una proporción cada vez mayor de este grupo de edad fue teniendo la oportunidad de estudiar, ir a la universidad dejó de ser un privilegio excepcional que constituía su propia recompensa, y las limitaciones que imponía a los jóvenes y adultos crearon un mayor resentimiento. El resentimiento contra una clase de autoridad, las universitarias, se hizo fácilmente extensivo a todas las autoridades, y eso hizo que los estudiantes se inclinaran hacia la izquierda. No es sorprendente que los años sesenta fueran la década de los disturbios estudiantiles por excelencia. Había motivos concretos que los intensificaron, la hostilidad a la guerra de Vietnam (o sea, al servicio militar) en los Estados Unidos, el resentimiento a los gobiernos autoritarios.

Y sin embargo, en un sentido general y menos defendible, este nuevo colectivo estudiantil se encontraba, por así decirlo, en una situación incómoda con respecto al resto de la sociedad. A diferencia de otras clases sociales más antiguos, no tenía lugar concreto en el interior de la sociedad, ni unas estructuras de relación definidas con la misma. En muchos sentidos la existencia misma de estas nuevas masas planteaba interrogantes acerca de la sociedad que las había engendrado, y de la interrogación a la crítica hay un solo paso. ¿Cómo encajaba en ella? ¿De qué clase de sociedad se trataba? La misma juventud estudiantil, la misma amplitud del abismo generacional existente entre estos hijos del mundo de la posguerra y unos padres que recordaban y comparaban dio mayor urgencia a sus preguntas y un tono más crítico a su actitud. Y es que el descontento de los jóvenes no era menguado por la conciencia de estar viviendo unos tiempos que habían mejorado asombrosamente, mucho mejores de lo que sus padres creyeron.

Los nuevos tiempos eran los únicos que los jóvenes universitarios conocían. Al contrario, creían que las cosas podían ser distintas y mejores.

Sus mayores, acostumbrados a épocas de privaciones y de paro, o que por lo menos las recordaban, no esperaban movilizaciones de masas radicales.

La explosión de descontento estudiantil se produjo en el momento culminante de la gran expansión mundial, porque estaba dirigido, aunque fuese vaga y ciegamente, contra lo que los estudiantes veían como característico de esa sociedad, no contra el hecho de que la sociedad anterior no hubiera mejorado lo bastante las cosas. Paradójicamente, el hecho de que el empuje del nuevo radicalismo procediese de grupos no afectados por el descontento económico estimuló incluso a los grupos acostumbrados a movilizarse por motivos económicos a descubrir que, al fin y al cabo, podían pedir a la sociedad mucho más de lo que habían imaginado. El efecto más inmediato de la rebelión estudiantil europea fue una oleada de huelgas de obreros en demanda de salarios más altos y de mejores condiciones laborales. (18)

A diferencia de las poblaciones rural y universitaria, la clase trabajadora industrial no experimentó cataclismo demográfico alguno hasta que en la década del sesenta entró en ostensible decadencia. (19)

Desde luego, al final, y de forma harto visible en los años setenta, la clase obrera acabó siendo víctima de las nuevas tecnologías, especialmente los hombres y mujeres no cualificados, o sólo a medias, de las cadenas de montaje, fácilmente sustituibles por máquinas automáticas. O mejor dicho, con el paso de las décadas de la gran expansión económica mundial de los años cincuenta y sesenta a una etapa de problemas económicos mundiales en los años setenta y ochenta, la industria dejó de expandirse al ritmo de antes, que había hecho crecer la población laboral al mismo tiempo que la tecnología permitía ahorrar trabajo.

El carácter iconoclasta de la nueva cultura juvenil afloró con la máxima claridad en los momentos en que se le dio plasmación intelectual, como en los carteles que se hicieron rápidamente famosos del mayo francés del 68: "Prohibido prohibir". Contrariamente a lo que pudiese parecer en un principio, estas no eran consignas políticas en el sentido tradicional, ni siquiera en el sentido más estricto de abogar por la derogación de leyes represivas. No era ese su objetivo, sino que eran anuncios públicos de sentimientos y deseos privados. Tal como decía la consigna de mayo del 68: "Tomo mis deseos por realidades, porque creo en la realidad de mis deseos". (20)

La liberación personal y la liberación social iban, pues, de la mano, y las formas más evidentes de romper las ataduras del poder, las leyes y las normas del estado, de los padres y de los vecinos eran el sexo y las drogas.


¿SE PUEDE HABLAR DE UN ´68 ARGENTINO?

Muchas veces se compara el impacto y el peso simbólico que tuvieron sucesos como el Mayo francés o las revueltas estudiantiles en México de 1968 con el Cordobazo, ocurrido en mayo del año siguiente.

¿Es legítima esa comparación? Sin duda, son procesos que emergen de un clima mundial de rebelión frente al poder, de unidad obrero-estudiantil, de irrupción de la "lucha de calles", de radicalización de los discursos de los intelectuales y de las acciones de amplios sectores sociales. Sin embargo, también se pueden señalar diferencias notarias en las causas, los protagonistas, el peso que asume el movimiento obrero, los procesos que se desencadenan a partir del Mayo Francés, la masacre de Tlatelolco y el Cordobazo.
El Cordobazo representa un hito en el proceso político argentino y constituye el "principio del fin del régimen militar inaugurado en 1966.Un año antes del Cordobazo, en 1968, una serie de hechos dan cuenta de la creciente radicalización política de amplios sectores sociales.

Si hablamos de un 68 argentino no es para intentar asemejarlo al 68 francés ni mucho menos para ubicar los procesos locales como una consecuencia de este último (más allá de la repercusión que indudablemente tienen), sino porque queremos distinguir una serie de procesos que ocurren ese año de la dinámica que adquieren poco después.

El año 1968 en la Argentina puede pensarse como un momento en el que se condensan experiencias de articulación entre sectores del movimiento obrero combativo y núcleos intelectuales, artísticos, profesionales.

Buenos Aires, mayo de 1968. En las salas de Arte del Instituto Di Tella, los asistentes a la muestra anual de Experiencias, el mayor acontecimiento de la vanguardia plástica porteña, vivieron de una manera insólita el día a día de las revueltas estudiantiles y populares que conmovían a Francia.

Roberto Jacoby, uno de los doce artistas convocados a dicha muestra, había montado allí una experiencia compuesta, entre otros elementos por una teletipo proporcionada por la Agencia France-Press. Los cables que emitió la teletipo durante los días que duraron las Experiencias informaban al público porteño sobre huelgas de obreros o reacciones violentas de estudiantes franceses". (21)

Hacia mediados de la década del 60, muchos jóvenes creadores se embarcan en un vertiginoso itinerario en el que dejan de lado los formatos, los lugares de exhibición, los géneros y los lenguajes convencionales del arte. El panorama de la vanguardia plástica argentina incluye, por esos años, diversas expresiones ligadas al pop, a la experimentación con los medios masivos, planteos que vinculan artes plásticas y del espectáculo a través de acciones de arte, experiencias, ambientaciones, etc. En pocos años, los jóvenes artistas abandonan la pintura de caballete (abstracta o figurativa), pasan a la construcción de objetos y ambientes, y plantean los primeros desarrollos de arte conceptual de nuestro medio artístico.

El golpe militar de 1966, que institucionaliza en la Argentina la Doctrina de Seguridad Nacional, cierra al conjunto de la ciudadanía las posibilidades de participación en el sistema político de partidos. Si bien el régimen institucional parlamentario venia funcionando irregularmente desde la proscripción del peronismo, después del golpe cívico-militar de 1955, la nueva coyuntura ubicaba en un lugar de igualdad (el de la proscripción) al conjunto de las fuerzas políticas y, en este sentido, alentaba la búsqueda de alternativas de poder por fuera del sistema de partidos. (22)

En cuanto a la política cultural de la llamada "Revolución Argentina", es conocida su orientación fuertemente autoritaria, anticomunista y clerical.

La consecuente sucesión de hechos de censura incluyó el cierre de publicaciones, clausuras de salas teatrales, sanciones a radioemisoras, normas o leyes restrictivas de la libertad de expresión, así como una política de intervención de instituciones públicas como la Universidad de Buenos Aires, también llamada la isla democrática, en 1966 o el hostigamiento sobre el Instituto Di Tella y otros espacios culturales, acusados de quebrantar la moral y las buenas costumbres.

El gobierno de Onganía se proponía re-fundar el sistema político y económico, y en el plano ideológico establecía que la cultura nacional se hallaba "inspirada" esencialmente en las tradiciones del país, pero abierta a las expresiones universales propias de la civilización cristiana occidental de la que es integrante. (23)

La dictadura concibió como enemigos no sólo al movimiento obrero y al estudiantil. También fueron perseguidos los científicos, los artistas, los jóvenes. Onganía se colocó como adversario de todos: vanguardia estética, marxistas, racionalistas, disidentes sindicales.

Con esa actitud intransigente el régimen de Onganía, que hace explícita su intención de no permitir que "acosen a nuestra juventud extremistas de ninguna naturaleza", terminó generando el efecto contrario, al impulsar la toma de posiciones radicalizadas en amplias franjas de la sociedad, que tendieron a actuar unidas frente a la hostilidad del régimen. (24)

A pesar de la represión, la dictadura de Onganía no pudo evitar un clima de época signado por fuertes planteamientos utópicos. El balance temporal que se extiende desde la segunda mitad de los años 50 y llega hasta los primeros años 70 puede caracterizarse por la percepción unánime del cambio y una temporalidad acelerada. Se vivía bajo el signo de lo inaugural y parecía posible vaticinar un estado de futuro: el advenimiento del "hombre nuevo".

La percepción extendida que el capitalismo estaba en una crisis sin retorno posible, junto a la inestabilidad institucional del sistema político argentino desde 1955, trajeron consigo una profunda desconfianza hacia la democracia liberal. En efecto, las elecciones (entendidas como una trampa al pueblo) y el contexto internacional confluyeron en la revalorización del uso de la violencia revolucionaria como única respuesta efectiva ante la violencia del sistema.

Este imaginario, que propició en algunos sectores la legitimidad de una salida armada, no es parte de elucubraciones marginales, sino que aparecía en boca de dirigentes sindicales y estudiantes, intelectuales, artistas y en algunos sectores de la iglesia. (25)

Los artistas se concebían a sí mismo como "trabajadores de la cultura" y buscaban vincularse a la cultura de los trabajadores, percibidos como sujetos de la revolución.

La idea de violencia que circulaba en amplias franjas de la sociedad argentina tenía una doble faz: por un lado, la violencia "negra" que oprime, que "los otros" (la dictadura, el imperialismo, el sistema) ejercen sobre "nosotros"(el pueblo, el país, los artistas); por el otro lado, la violencia "blanca" que salva y libera. Así la violencia legitima la fuerza de los oprimidos que se levantan contra los opresores. (26)

Otra cuestión asociada al proceso de radicalización fue la consolidación de la "nueva izquierda", que emprendía la relectura del fenómeno del peronismo a partir de ópticas muy distintas a las que había tenido la izquierda tradicional. (27)

Fueron, por lo tanto, diversas y complejas las fuerzas que impulsaron hacia un lugar de oposición a diversos grupos culturales, que en los últimos años de la década del 60 asumieron en términos políticos más radicales su enfrentamiento al régimen de Onganía. (28)

Entre los artistas plásticos, para volver a nuestro caso, alrededor del 66, ciertos ejes políticos son aglutinantes, y alrededor de ellos se estructuran algunas exposiciones y acciones artístico-políticas colectivas: el repudio a la intervención norteamericana en Vietnam, el antiimperialismo, la oposición a la dictadura de Onganía, la Revolución Cubana, la figura del Che(especialmente después de su muerte en 1967).

Poco después, esos ejes programáticos generales parecen no bastar. Entonces, se plantea la necesidad de inscribir la práctica artística en los esfuerzos de la militancia política. Esta búsqueda es definida por los artistas como la construcción de los principios de una "nueva estética", que implica como perspectiva la búsqueda de un nuevo campo, una nueva función y nuevos materiales que realicen esa función, para lograr una nueva obra que realice en su estructura la conciencia ideológica del artista.

Se van del Di Tella porque perciben que no pueden evitar que su producción, sea absorbida y neutralizada por las instituciones artísticas.(29)

Una vez fuera, inician la búsqueda de otros ámbitos. En un primer momento, pretenden instalar sus producciones artístico-políticas en la calle. En Octubre al cumplirse un año de la muerte del Che Guevara, varios artistas porteños y rosarinos, preparan un "operativo clandestino", que tenia como objetivo el teñir de rojo el agua de las fuentes de las principales plazas de Buenos Aires.

La instalación de la obra en un espacio callejero coloca a los artistas en una situación de riesgo, lejos del amparo del espacio conocido. Por otro lado, pone de manifiesto la pretensión de entrar en contacto con un público más amplio, y obtener una repercusión masiva a través de los medios de comunicación. (30)

Los límites evidentes de estas incursiones callejeras impulsaron a los artistas a inscribir sus propuestas en la disidente CGT de los Argentinos, una institución ajena a la esfera del arte, pero como dice Luis Alberto Romero: ..."se trataba de un coro múltiple, heterogéneo pero unitario, regido por una lógica de la agregación, al que se sumaban las voces de otros intereses heridos, como los productores rurales, pequeños empresarios, profesionales, artistas, intelectuales, estudiantes, obreros, amas de casa. Unos y otros se legitimaban recíprocamente y conformaban un imaginario social sorprendente, una verdadera primavera de los pueblos, que se fue creando y cobrando confianza hasta madurar plenamente en 1973, a medida que descubría la debilidad de su adversario, por entonces incapaz de encontrar la respuesta adecuada. Según una visión común, que progresivamente iba definiendo sus perfiles y simplificando los matices, todos los males de la sociedad se encontraban en un punto: el poder autoritario de Onganía y los grupos minoritarios que lo apoyaban, responsables directos y voluntarios de todas y cada una de las formas de opresión, explotación y violencia de la sociedad Argentina. Frente a ellos se alzaba el pueblo, hermandad solidaria y sin fisuras, que se ponía en movimiento para derrotarlos y resolver todos los males, aun los más profundos"... (31).

En los mismos días del Mayo Francés, exactamente un año antes del Cordobazo, coinciden varios hechos que expresan, y a la vez contribuyen a desarrollar, formas nuevas de encuentro entre grupos de intelectuales y sectores obreros.

El 1° de Mayo de 1968, un grupo de periodistas nucleados por el escritor y periodista Rodolfo Walsh da vida al semanario CGT, órgano de difusión de la CGTA. Tras la ruptura de la Confederación General del Trabajo, a fines de marzo y la consagración de Raimundo Ongaro como Secretario General de la central obrera opositora, Walsh asumió la responsabilidad de dirigir el periódico que acompañó a esta central obrera hasta fines de 1969.

En consulta con otros dirigentes sindicales, Walsh y Ongaro redactaron el "mensaje del 1° de Mayo", donde la CGTA convoca a sectores extrasindicales a sumarse a la organización de la lucha contra la dictadura de Onganía. A través de comisiones de trabajo que integran de manera informal estas colaboraciones, la central obrera logra canalizar diversas iniciativas político-culturales. Se constituye en un ámbito de referencia o encuentro de grupos culturales a partir de un programa pluralista y frentista.

Además de los periodistas nucleados por Walsh, responden a este llamado grupos de abogados, médicos, psiquiatras y psicólogos, actores y directores de cine y teatro, artistas plásticos de vanguardia, estudiantes universitarios y secundarios, etc. Varios de ellos venían siendo protagonistas del proceso modernizador iniciado a mediados de la década del 50 en ámbitos como las ciencias sociales, el psicoanálisis, el teatro, la plástica experimental y el cine. En referencia a este, que se acerca a la CGTA con la denominación de "Cine Liberación", que alcanza repercusión publica con el estreno internacional de "La hora de los hornos" (de Fernando "Pino" Solanas y Octavio Getino). (32)


TUCUMÁN ARDE EN LA CGT DE LOS ARGENTINOS

Tucumán Arde es la realización colectiva culminante de la serie de acciones artistico-políticas que protagonizaron los plásticos de vanguardia, una vez que abandonaron las instituciones artísticas.

Su diseño apunta a intervenir en los medios de comunicación, con el objetivo de alcanzar una repercusión masiva y constituirse en un contradiscurso que ponga en evidencia la falsedad de la propaganda oficial con relación a la situación crítica de la provincia de Tucumán. Los artistas intentan responder, de este modo a la versión oficial sobre la situación que atravesaba la provincia norteña.

El lapso que media entre 1955 y 1966, año de aplicación del Plan de Transformación, se caracterizo por la agudización de los problemas, en la medida que el Estado, que había desistido en el intento de hacer pagar los más altos costos a los productores más poderosos intentó, con mayor o menor energía, según el gobierno de turno de evitar tener que continuar asumiendo el subsidio.

A partir de 1955, el Gobierno Nacional procuró reducir paulatinamente los aportes que, a través de distintos mecanismos, efectuaba al sector azucarero tucumano. Como consecuencia, el conflicto se manifestó en forma abierta entre los distintos grupos participantes del proceso productivo y en una mayor presión en conjunto al Estado.

El gobierno no solo disminuyó subsidios, sino que también modifico la orientación del mismo a favor de los ingenios y los grandes cañeros. La producción se estancó, el personal ocupado se redujo y disminuyo el área cosechada.

En 1966 se produce un cambio total en cada uno de los sectores en que el Estado Nacional intentó modificar las características de la economía tucumana. Hasta ese año, las soluciones revestían carácter coyuntural, manteniendo el equilibrio entre los distintos sectores.

Las medidas tomadas por el Gobierno de la Revolución Argentina pretendían ser estructurales, es decir modificar de plano y en forma permanente el problema de superproducción de azúcar en Tucumán.

La idea era concentrar la producción en los ingenios y en las zonas más eficientes y lograr una estructura agraria diversificada que permitiera alternativas a la economía provincial.

El plan centró la atención, casi exclusivamente, en razones eficientistas del sector, dejando de lado toda consideración relacionada con el impacto social de las medidas. Se encaró de dos maneras diferentes: una sobre el pequeño productor agropecuario y la otra sobre los ingenios menos eficientes. (33)

Las políticas de desarrollo industrial implementadas por Onganía, realimentan desequilibrios debido al desplazamiento de excedentes económicos, que transitan desde el interior hacia los sectores dominantes instalados en las grandes ciudades y trascienden en forma creciente hacia el exterior, y constituye el vehículo principal de aceleración de los desequilibrios interregionales. (34)

Desde la perspectiva de los artistas, los efectos devastadores de esta política se reforzaban con un operativo de silencio, sostenido por los medios de difusión oficiales. (35)

A partir de esta idea vertebrante, la obra se concibe como un proceso estructurado en tres etapas. La primera incluye la búsqueda de material sobre la situación tucumana, (fotos, filmaciones, entrevistas,etc).

La segunda etapa de la obra, que se concreta en las sedes de la CGTA de Rosario y Buenos Aires, en noviembre de 1968, la muestra fue visitada por gran cantidad de personas a pesar de la prohibición de la dictadura de realizar actos públicos. Con el correr de los días, los organismos de seguridad del Estado, exigen su levantamiento bajo la amenaza de quitar la personería al gremio. (36)

En la realización de Tucumán Arde la CGTA brinda a los artistas no sólo las sedes sindicales para realizar la muestra de los materiales recogidos a lo largo de todo el proceso, sino que también colabora poniendo a disposición de los artistas toda la red de contactos en Tucumán, permitiéndoles ingresar a un mundo distinto al de ellos; por otro lado, instalar una obra de arte de vanguardia en una institución político-sindical de oposición impone nuevas reglas de juego, otras formas de negociación y una circulación distinta de la obra.


CONCLUSIONES
La pregunta es cual es el límite entre lo que puede considerarse una producción artística y aquello que es una acción política.
Ese límite era en ese momento, imprevisible, justamente porque éstas y otras experiencias plantean un singular intento de fusión del arte y la política, en un poco delimitado terreno común en el que los objetivos, los lugares, los circuitos, los materiales y los procedimientos propios de uno y otro se confunden, se alternan.
Esta confluencia no implica la supeditación de la política al arte (como tema que el arte comenta) ni la subordinación del arte a la política (la puesta al servicio del artista y su labor en función de las actividades partidarias o gremiales).
Las producciones político-culturales en el ámbito de la CGTA, si bien se postulan como aportes a la acción política, sostienen todavía la pretensión de constituir un espacio propio en la transformación colectiva de la esfera pública, desde las formas específicas de cada actividad.
En ese punto es que se puede diferenciar el 68 como un momento singular en la relación del arte y la política, que se expresa en la búsqueda de nuevas formas de hacer arte y de hacer política, que ponen en cuestión las viejas formas.
Por esta y otras vías contingentes los argentinos se incorporaron rápidamente a un activismo cuyo perfil resultaba irreconocible para muchos, ya que dejaran de lado las prácticas culturales para abocarse a la militancia directa.

(*) Profesor y Licenciado en Historia (UNLU). Conferencista. Titular de la cátedra Historia Argentina y Americana I del Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche.

 

 
1 ROUQUIE, ALAIN, Poder militar y sociedad política en la Argentina, Buenos Aires, Hyspamérica, 1986.
2 Fragmento del Mensaje de la Junta Revolucionaria al Pueblo Argentina, Acta de la Revolución Argentina, Buenos Aires, Imprenta del Congreso de la Nación, 1966.
3 SABSAY FERNANDO, Presidencias y presidentes constitucionales argentinos, 1932-1999, Buenos Aires, Biblioteca Nacional, Volumen II, 1999.
4 ROUQUIÉ ALAIN, op. cit., pág. 240, t.II.
5 RIBAS, G. A. Y SAENZ QUESADA, M., Todo es Historia, número especial 240, Buenos Aires, Mayo 1987.
6 POTASH, ROBERT. A., El ejército y la política en la Argentina, 1962-1973. De la caída de Frondizi a la restauración peronista. Tomo II, 1966-1973. Buenos Aires, Sudamericana, 1994.
7 HOBSBAWM, ERIC., Historia del siglo XX, Barcelona, España, Ed. Crítica, 1996.
8 ENGELHARDT, TOM, El fin de la cultura de la victoria. Estados Unidos, la Guerra Fría y el desencanto de una generación, Buenos Aires, Paidos, 1997.
9 REGGIANI. ANDRÉS. H., Todo es Historia, N° 370, Buenos Aires, Mayo 1998.
10 HOBSBAWM. ERIC., op. cit., pág.292.
11 BAGÚ. SERGIO., La clase media en la Argentina., apuntes de cátedra.
12 SCHVARZER. JORGE., La industria que supimos conseguir, Buenos Aires, Ed, Planeta, 1996, Cap 7
13 TORRES. HORACIO. A., Cambios en la estructura socioespacial de Buenos Aires a partir de la década de 1940. Desarrollo Económico- Revista de Ciencias Sociales, Vol 15, Nro 18. Julio-Setiembre 1975, Buenos Aires.
14 HOBSBAWM ERIC, op. cit., pág 298
15 GERMANI GINO, La clase media en la Argentina con especial referencia a sus sectores urbanos. Apuntes de cátedra.
16 LANGONI ANA, Todo es historia, Buenos Aires, Nro. 370, Mayo de 1998.
17 HOBSBAWM ERIC. Op, cit, pág. 301.
18 HOBSBAWM ERIC, op. cit. pág.: 301,302, 303, 304.
19 SCHVARZER JORGE, op. cit ... "en rigor, a partir de mediados de la década del sesenta, la industria dejó de ser una generadora apreciable de empleo en la economía argentina. Algunas ramas siguieron tomando personal pero otras emprendieron una política de reducción que neutralizaba esa demanda en términos globales. La caída de la mano de obra se debía tanto al cierre de empresas como a la reducción directa de personal, sea porque se incorporaban máquinas o debido a la eliminación de cláusulas laborales restrictivas"...
20 HOSBAWM ERIC. Op. cit. pág.: 334.
21 LONGONI ANA. Op. cit. pág. 24.
22 PORTANTIERO JUAN CARLOS. Clases dominantes y crisis política en la Argentina actual, en "El capitalismo Argentino en crisis", compilado por Oscar Braun, Buenos Aires, Ed-, 1975.
23 CIRIA ALBERTO, "La cultura bajo Onganía", Todo es historia, Buenos Aires, Nro. 230, Junio de 1986.
24 TERÁN OSCAR, nuestros años sesenta. La formación de la nueva izquierda intelectual en la Argentina, 1956-1966, Buenos Aires, Ed. Puntosur, 1991.
25 MUGICA CARLOS. Peronismo y cristianismo, Buenos Aires, Ed Merlín, 1970.
26 GILLESPIE RICHARD. Soldados de Perón, Los Montoneros, Buenos Aires, Ed Grijalbo, 1982.
27 ROMERO LUIS ALBERTO. Breve historia contemporánea de la Argentina, Buenos Aires, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1994.
28 CIRIA ALBERTO. Op. cit. pág.63.
29 LONGONI ANA, Op. cit. pág. 29.
30 CIRIA ALBERTO, Op. cit. pág. 67
31 ROMERO LUIS ALBERTO Op. cit. pág. 243
32 CIRIA ALBERTO.Op.cit. päg. 70
33 ALBA ROBERTO, Tucumán y el plan de transformación agro-industrial, Buenos Aires, Todo es historia, N° 230, Julio de 1986.
34 ROFMAN. ALEJANDRO y ROMERO LUIS ALBERTO, Sistema socioeconómico y estructura regional en la Argentina, Buenos Aires. Ed. Amorrortu, 1996.
35 LONGONI ANA. Op. cit. pág. 33.
36 LONGONI ANA. Op. cit. pág. 34.


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