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DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
EL TANGO Y LA LOCURA ALCOHÓLICA EN EL IMAGINARIO POPULAR
Por Jorge Alberto Requejo *
Un rasgo sorprendente de recientes tendencias de la salud en los países desarrollados es que enfermedades infecciosas que mataban en la infancia o la juventud se han visto sustituidas por enfermedades no contagiosas que matan en la edad adulta o en la vejez.

Los cambios que siguieron a la introducción de la agricultura fueron considerables; los que produjo la industrialización fueron profundos. No es fácil encontrar una forma satisfactoria de clasificar las influencias que han perjudicado la salud durante los últimos dos siglos, pero a continuación se señalarán algunas de las importantes.

El estudio de estas influencias se unificó porque están relacionadas estrechamente. Las nuevas fábricas requerían mano de obra y, como mucha gente necesitaba trabajo, se produjo un rápido movimiento de población del campo a las ciudades.

El resultado más obvio de las poblaciones grandes y densas y de la higiene defectuosa, fue una mayor exposición a enfermedades infecciosas que son transportadas por el aire o se propagan por la vía fecal-oral. Pero muchos aspectos de la salud física y mental se vieron afectados por el empeoramiento de las condiciones de trabajo y de vida. Las fábricas se construían sin tener en cuenta la salud de quienes trabajarían en ellas, y, a todos los efectos prácticos, las condiciones de empleo no se hallaban sujetas a ningún control. Si necesitamos un recordatorio de que nuestra política social progresista es de origen reciente, basta con que pensemos que hace ciento cincuenta años era posible explotar a los pobres, utilizar mano de obra femenina e infantil en la minas, obligar a un niño de seis años a ejecutar un trabajo manual durante catorce horas diarias, seis días a la semana, y exponer a los trabajadores al riesgo de contraer enfermedades industriales o sufrir accidentes sin tener la obligación de compensarles a ellos ni a sus deudos en caso de muerte.

En la literatura del siglo XIX abundan las descripciones de las condiciones urbanas, ninguna de ellas más gráfica que la siguiente, que es de Engels:

"Pasando por un talud escabroso, entre estacas y ropa tendida, uno penetra en este caos de pequeñas chozas de un piso y una habitación, en la mayoría de las cuales no hay suelo artificial; la cocina, la sala de estar y el dormitorio todo en una habitación... Por doquier delante de las puertas residuos y desperdicios; que algún de acera yaciese debajo no podía verse, sino sólo sentirse, aquí y allá, con los pies. Toda esta colección de establos para seres humanos se hallaba rodeada por dos lados por casas y una fábrica, y en el tercero por el río, y junto a la angosta escalera que subía por el talud una puerta estrecha y única conducía a otro laberinto de viviendas igualmente mal construidas y mal conservadas... Todo lo que aquí despierta horror e indignación es de origen reciente, pertenece a la época industrial. El par de cientos de casas, que pertenecen al viejo Manchester, hace ya tiempo que fueron abandonadas por sus primeros habitantes, sólo la época industrial ha metido en ellas a los enjambres de trabajadores a los que ahora alojan; sólo la época industrial ha edificado en todos los rincones entre estas casas viejas para albergar a las masas que ha atraído desde los distritos agrícolas y desde Irlanda". (1)

Entre 1870 y 1940 la tuberculosis fue un dato inocultable de la experiencia urbana de Buenos Aires (2). Fue parte relevante de un discurso eugenésico donde los problemas más amplios de la degeneración y la regeneración de la sociedad argentina reconocían por lo menos tres recurrentes temas. En primer lugar, el de la inmigración: ¿cuáles eran los inmigrantes deseados?, ¿Qué hacer con los que ya estaban aquí y no se los deseaba?, ¿Con qué criterios seleccionarlos?, ¿Cómo optimizar ese recurso demográfico en la construcción de la "raza nacional"? El segundo de esos temas fue el del mejoramiento de los individuos y la sociedad, la salud de cada uno y del cuerpo de la nación, el enfrentamiento de los males y enfermedades sociales y su prevención, la renovación moral y de los modos de vida. Finalmente, el tema de la misma ciudad, percibida como un espacio de degeneración marcado no sólo por la velocidad del crecimiento y el hacinamiento reinantes sino también por recurrentes imágenes punteadas por los miedos al contagio, la inmoralidad, el crimen y las amenazas de revuelta social.

Tanto el discurso eugenésico como el más general de la cuestión social se articularon en torno de un núcleo patológico especialmente corrosivo, definido por el alcoholismo, la sífilis y la tuberculosis. Cada uno de estos "males sociales" se potenciaba en los otros pero también era explicado o presentado de la mano de un conjunto de asociaciones más o menos fundadas, más o menos arbitrarias, que le era peculiar. Así, en los casos del alcoholismo y la sífilis el discurso médico tendía no sólo a relacionarlos con fracasos individuales de muy diverso tipo sino también a señalar que se trataba de enfermedades controlables mediante la abstinencia de la bebida o del sexo peligroso.

LA CONSTRUCCION DEL IMAGINARIO
En las últimas décadas del siglo XIX, Buenos Aires funcionaba como un espejismo y atrae una gran cantidad de población extranjera. Italianos, españoles y francesas(3) predominan entre los recién venidos, que llegan a representar más de la mitad de la población de la ciudad. Rápidamente, en la capital se anuncia a estos nuevos habitantes. En "permanente construcción"…desde el muelle de pasajeros es fácil percibir su naturaleza inestable y la heterogeneidad expresada en sus edificaciones. Algunas invitan a imaginar su apuesta transitoria, otras rememoran la herencia hispánica y también asoman insultantes las paquetas mansiones de estilo preferentemente francés donde residen los más adinerados.
El Hotel de Inmigrantes en la calle Corrientes albergará gratuitamente durante tres días a muchos recién desembarcados. En el corto trayecto desde el puerto hasta este primer hogar por callejuelas irregulares y algunas todavía polvorientas, es imposible no constatar la multitud de cafés. El Paseo de Julio (hoy Leandro Alem), con sus hileras ininterrumpidas de despachos de bebidas, es la primera expresión de una ciudad generosa en estos espacios de sociabilidad.

En casi todos lados y a disposición de todos, hombres de orígenes muy diversos acceden cotidianamente al interior de los cafés. Esta práctica socialmente extendida de encontrarse en esos lugares va gestando la expresión "cafetear" e inunda los documentos de la época.
Es raro que las fuentes no los mencionen, es también difícil no toparse con distintos registros discursivos que remiten directa o indirectamente a ellos. (4)

"La tarde esta muriendo detrás de la vidriera
y pienso mientras tomo mi taza de café.
Desfilan los recuerdos, los triunfos y las penas,
Las luces y las sombras del tiempo que se fue.
La calle está vacía, igual que mi destino.
Amigos y cariños, barajas del ayer.
Fantasma de la vida, mentiras del camino
Que evoco mientras tomo mi taza de café..." (5)

Médicos, juristas, policías, gobernantes, hablan con recurrencia de los cafés, convirtiéndolos en el carrefour donde confluyen la bebida, el juego, el tango, el orden público, la vagancia, la peligrosidad de los pobres, la reforma de sus hábitos y costumbres, y la enfermedad.

..."¿Cómo olvidarte en esta queja,
cafetín de Buenos Aires,
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja?
En tu mezcla milagrosa
de sabihondos y suicidas
yo aprendí filosofía,
dados, timba y la poesía
cruel, de no pensar más en mí..." (6)

"Desordenada y viciosa", la clientela es percibida precariamente en términos homogéneos acorde con el fin de siglo que no soporta ni al individuo improductivo ni los desplazamientos sin motivo.

Pero esta clientela también se dice y dice del café a partir de lo que hace y declara a la policía. Los archivos policiales revelan las preocupaciones esenciales de quienes deben mantener el orden público, pero también dejan entrever una amplia gama de relaciones sociales, valores culturales y elecciones de los frecuentadores. (7)

Con sus puertas casi siempre abiertas, incluso más allá de lo permitido por el reglamento de policía, el café es un espacio cerrado y abierto a la vez por donde pasan cientos de hombres a tomar una copa y donde se encuentran aquellos que no tienen otro lugar para experimentar el placer de estar juntos.

..."Amigos que yo quiero
escuchen este tango
que lleva entre sus notas
un apretón de manos
fue escrito con el alma
pensando en la amistad,
con lagrimas lo canto
por los que ya no están.
Alcemos nuestras copas,
Aquí en el viejo bar
que mientras haya amigos
dan ganas de cantar"... (8)

¿Cualquiera puede entrar en este espacio público?, ¿El libre acceso implica que todos pueden traspasar el umbral? Felipe Amadeo Lastra, situándose en el año 1902, afirma contundente: "El elemento femenino no concurría ni a los bares ni a las confiterías". Si sus mujeres integraban el limitado mundo de las elites, el heterogéneo universo femenino de Buenos Aires también parece haber estado, al menos mayoritariamente, ausente. (9)

En las fuentes, es confuso el lugar de las mujeres. Además de aparecer menos, es difícil saber si su presencia se debe a que habían ido en compañía de un hombre a beber, si se trataba de mujeres que trabajan en el local, si habían ido al almacén a comprar e indirectamente se vieron envueltas en un incidente que provocó la intervención policial, o si el despacho de bebidas era la pantalla para el ejercicio de la prostitución.

La estrecha asociación entre despacho de bebidas, consumo excesivo de alcohol, inmoralidad, estereotipo alimentado por y desde el Estado y apoyado, más allá de las diferencias de objetivos por los dirigentes sindicales, tanto socialistas como anarquistas, freno el ingreso de las "mujeres decentes" (10)

"Pobre percanta que pasa su vida
entre la farra, milonga y champán,
que lleva enferma su almita perdida
que cayó en garras de un torpe bacán
y que en su pecho tan sólo se anida
el triste goce que causa un gotán..." (11)

La importancia de la familia y el papel clave de la mujer en el hogar como madre y esposa contribuyeron también a desalentar la presencia femenina del café, que devino así un coto reservado por y para los hombres.

Pero tampoco todos los hombres podían permanecer en él. El dueño del local expulsa a "individuos que frecuentemente andan armados y son muy barulleros", a quien "emprende cuestiones y peleas con todos", o a aquel que "por su apariencia vestimentaria no parecía una persona respetable". El resto de los hombres puede entrar.

..."Cuando en algún bailongo
caigo con mi querida,
la muchacha corrida
deja toda de bailar,
porque sabe que este taita
tiene fama de ladino,
y en el suelo argentino
no hay quien lo pueda igualar"... (12)

..."Soy terror de los franelas
cuando en un baile me meto,
porque a ninguno respeto
de los que hay en la reunión.
Y si alguno se retoba
Queriendo meterse a guapo
Yo le encajo un castañazo
Y a buscar quien lo engendró"... (13)


El café atrajo a todos los sectores sociales pero fue central para los trabajadores. Panaderos, herreros, canillitas, carpinteros y comerciantes fueron figuras recurrentes.
Se frecuentaba el comercio más próximo al lugar de trabajo. A la salida se puede ingresar nuevamente en él, pero es corriente elegir otro café, el que está camino a la "casa", tal vez muy cercano a ella, lo que no implica el de la esquina.

..."Soledad... de soltería, son treinta
abriles ya cansados de soñar;
por eso vuelvo hasta la esquina del boliche
a buscar la barra eterna de Gaona y Boyacá.
Vamos, muchachos, esta noche a recordar
Una por una las hazañas de otros tiempos
Y el recuerdo del boliche que llamamos "La Humedad". (14)

Así se diseña la rotación entre dos o tres cafés, así se deviene habitué. Lugar de conocidos, de clientes que se dicen amigos y que tienden a desempeñar la misma actividad (15), fue también un espacio para desconocidos y para ir a conocer. En el interior de los locales, especialmente en determinadas zonas de Buenos Aires, puede encontrarse un grupo de artesanos que comparten el espacio e interactúan con hombres que trabajan, por ejemplo, como transportistas, carreros, cocheros, picadores, changadores, maquinistas y conductores de diferentes nacionalidades y oficios recorren la ciudad y en estos trayectos e itinerancias entran en el café.

..."Y castigando muy suavemente
sobre las ancas del cadenero
todas las tardes pasa el carrero,
peón de la tropa "El Picaflor".
Va de compadre masticando un pucho
y un clavelito del color del ceibo
lleva en la cinta de su chambergo
como regalo de un corazón. (16)

Estos hombres de nacionalidades diversas y con trabajo inestable, a excepción de quienes tenían tareas especializadas en los más sofisticados buques de vapor que empiezan a generalizarse a fines de los años ochenta, eran clientes fijos en los despachos de bebidas y cafés de la Boca del Riachuelo y del resto de la ribera.

"Brillando en las noches del puerto, desierto,
como un viejo faro, la cantina está,
llamando a las almas que no tienen puerto
porque han olvidado las rutas del mar"...

"Como el mar, el humo de nieblas la viste,
y envuelta en la gama doliente del gris
parece una tela, muy rara y muy triste,
que hubiera pintado Quinquela Martín...
Rubias mujeres de ojos de estepa,
lobos noruegos de piel azul,
negros grumetes de la Jamaica,
hombres de cobre de Singapur"... (17)

Daban el perfil a ciertos locales, sin impedir la presencia de otras personas en su interior. Para Jorge Bossio "ya se bailaba tango en 1877"; que según la policía concurría un "nutrido número de gente de toda nacionalidad".

Entrecruzamientos, eclecticismo y preponderancias son términos indispensables para invocar los cafés en general y el interior de cada café en particular. Cambiando con la hora, su ubicación en la ciudad y los años, el interior de los locales era extremadamente complejo. Hubo cafés que tendieron a aglutinarse y definirse a partir de la preponderancia de una actividad ocupacional que coincidiría, a su vez, con la procedencia geográfica. Esta realidad fue más proclive entre ciertas actividades y, fundamentalmente, en ciertas áreas de la ciudad. Hubo unos pocos cafés que, ubicados en la zona céntrica, adquirieron un claro contenido de clase a fines de los años ochenta. Pero la mayoría de los locales proponía un interior social y geográficamente heterogéneo. Si hubo perfiles o actividades profesionales que parecen haber impreso el ritmo en el interior de los locales, no fueron suficientes para impedir que proliferara la diversidad. Más que por una profesión o nacionalidad en particular, los espacios de sociabilidad se definían porque en su interior se desplegaban actividades sociales multiformes pero relativamente específicas: beber, bailar, entonar frases con un fondo de guitarras y jugar una partida de cartas. Estas prácticas que configuraban la vida social del café fueron las herramientas para destruir reputaciones desnudando aspectos de la vida privada, al tiempo que develaron también cualidades a partir de las cuales se podía comenzar a edificar una respetabilidad. (18)

LA SALA DE ESTAR
"La mayoría de esta gente, que vive en los conventillos sin aire, sin luz (...) no es una gente bestial (...) ociosa (...) ama la luz, los colores, la limpieza (...) basta observar el esmero con el que se atrevían para salir a la calle."(19) Esta observación, permite imaginar las calles como algo más que un mero lugar de tránsito y el café como un ámbito necesario para una vida que tendía a desarrollarse en el afuera.

La omnipresencia de los espacios de sociabilidad está en íntima relación con su papel de complemento y en muchos casos sustituto de la vivienda miserable. Habitaciones de dimensiones exiguas, algunas construidas transitoria y clandestinamente, otras derivada de las residencias abandonadas por las elites al mudarse al naciente Barrio Norte, el conventillo y las diversas "formas de habitar" (20) expulsaban a la gente hacia un afuera más salubre, libre y sociable. Hacer un alto en el camino para tomar la copa antes de emprender el regreso a "casa" es el paso previo al inevitable pero desagradable encuentro con la diminuta pieza del conventillo, la suciedad, el hacinamiento. (21)

Si el precio de la bebida, vital en estos lugares, dependía del tipo y calidad de la misma, no parece haber superado para 1900 el 0,05% del jornal diario de un trabajador. (22)

" Muchacho del cafetín
adornao con pilchas pobres,
feliz con la fortuna
de no tener un cobre"... (23)


LOS RITUALES DEL BEBER

La escala generalmente reducida de los comercios tornaba inevitable los contactos y exigía la renuncia de una parte de los derechos territoriales de cada uno en el espacio limitado y densamente poblado del café. Esta proximidad física facilitaba los encuentros y el inmediato conocimiento de la información que irradian los otros.

Los secretos susurrados entre amigos pueden súbitamente volverse públicos, y la privacidad buscada puede ser interrumpida en cualquier momento y bajo cualquier pretexto.

Es muchas veces en este contexto donde se producen las alusiones al amor, a la perdida de este, a la sexualidad.

..."Cuando tengo dos copas de más,
en mi pecho comienza a surgir
el recuerdo de aquella fiel mujer
que me quiso de verdad
y yo, ingrato, abandoné"... (24)

La propia dinámica de la sociabilidad, que tornaba participes a todos los presentes con señas, miradas, batidos de palmas, acciones y gestos, hacía que se viviera a la vista de los otros y en cierto modo en función de su mirada vigilante.

"El barón Megata, en el año veinte,
se tomaba el buque con rumbo a París,
y allí, entre los tangos y el "dolce far niente",
el japonecito se hizo bailarín.
Flaco y bien plantado. Pinta milonguera.
De empilche a lo duque, aun siendo barón.
Bailón con Pizarro, y una primavera
Empacó los discos y volvió a Japón"...

..."No solo enseñaba cortes y quebradas,
también daba clases de hombría de bien;
junaba de noches y de madrugadas;
piloteaba aviones y más de un beguén.
Y tal vez ahora, que está aquí presente,
Mientras una Sony nos pasa "Chique",
Alguien, allá en Tokio, elegantemente,
Baile a lo Megata sin saber quien fue". (25)

Invitar a beber era una "excusa" legítima para iniciar el diálogo con un desconocido, también con quien se había visto alguna vez. Era un gesto de mediación entre la soledad y la compañía agradable, entre la falta de referentes y el punto de apoyo que permitiría, tal vez, expandir las redes de sociabilidad.

Invitar reduce la distancia física y diluye las distancias sociales, ya que la invitación en la calle, y también en el café, no se funda en la afirmación de una superioridad, de una posición o de una calidad. Los desconocidos son inicialmente iguales en la medida en que las posibles distancias sociales se reducen en los gestos compartidos y en el riesgo de la ebriedad. (26)

El gesto de invitar implica hospitalidad, camaradería y un futuro de nuevos encuentros.

Para compartir la soledad con mayor dignidad son necesarias, al menos hipotéticamente, determinadas respuestas. El ritual indicaba que había que aceptar y devolver la invitación.
Los rituales del vino exigen reciprocidad y es así como se van gestando los lazos.

"¡Mozo! Traiga otra copa
y sírvase de algo el que quiera tomar,
que ando muy solo y estoy muy triste
después que supe la cruel verdad.
¡Mozo! Traiga otra copa,
que anoche juntos los vi a los dos.
Quise vengarme, matarla quise,
Pero un impulso me sereno.

Salí a la calle desconcertado,
sin saber como hasta aquí llegue
a preguntarle a los hombres sabios,
a preguntarles qué debo hacer.
"Olvide, amigo" dirán algunos,
pero olvidarla no puede ser,
y si la mato, vivir sin ella,
vivir sin ella nunca podré.

¡Mozo! Traiga otra copa
y sírvase de algo el cual quiera tomar,
quiero alegrarme con este vino
y ver si el vino me hace olvidar.
¡Mozo! Traiga otra copa
y sírvase de algo el que quiera tomar". (27)


Iniciada la dinámica, se supone que conversaran, quizá jueguen a las cartas y se prometan un nuevo encuentro, tal vez salgan juntos del local.

Presentar un desconocido al grupo implicaba transformarse en anfitrión y tener la obligación de iniciar la vuelta. Luego un segundo invitaba y se repetía la ronda. Este ritual insume tiempo y, fundamentalmente, dinero. Es caro pero también constituye una actividad social necesaria para ser reconocido como hombre adulto.

Para disminuir los gastos, los hombres inventan estrategias de postergación "que mañana", "déme la penúltima", "que ahora no porque no podía". No se puede decir no. Negarse es "conducirse mal", "despreciar", actitudes resumidas en un "mal hombre". Pero en la bebida aparece también otro sentido de la equidad. Para que sea posible entre amigos y conocidos no debe "haber desinteligencias".

Una cosa es el vino ofrecido en la calle y otra es la cadena, más sutil y compleja, que se diseña cuando existe una relación de amistad.

El vino compartido equipara tanto como distancia, crea orgullos individuales, marca identidades comunes y personales, es señal de paz pero también de provocación y desafío.

Cuando "hay antecedentes" hay que saber decir no: "¿cómo iban a beber si andaban mal?". Invitar a alguien con quien se tenía "cuestión" era sinónimo de provocación y bien valía que el invitante "se fuera a pasear". Porque "beber juntos" permitía pasar del consumo igualitario a la reafirmación de las diferencias y la convalidación de las jerarquías. (28)

"En un viejo almacén del Paseo Colón
donde van los que tienen perdida la fe,
todo sucio, harapiento, una tarde encontré
a un borracho sentado en oscuro rincón.
Al mirarlo sentí una profunda emoción
Porque en su alma un secreto dolor adiviné
Y sentándome cerca, a su lado, le hablé
Y él entonces me hizo esta fiel confesión..."

..."¡Vamos!... ¿No ves que ella ríe?
¡No es de este siglo llorar!
¡Dále!... Mándate otro whisky,
¡total la guadaña
nos va a hacer sonar!"...

Lo sé porque de esos males
Yo también sufro con vos...
Pero es mejor que los calle
porque, en vez de consolarnos,
vamos a llorar los dos"... (29)

Resulta difícil, si no, explicar las competencias enhebradas por la copa, el juego por ella y el triunfo que la misma concede.

Los hombres compiten para saber "quien bebe más" e "insisten en seguir bebiendo". Había que beber, saber beber y saber comportarse, es decir, no "perder la razón". En el café aflora el ideal masculino del buen bebedor que se opone a quien bebe sin controlarse, a quien trasciende el ideal de la moderación. El hombre de buena presencia, trabajador y capaz de controlarse a sí mismo se opone a quien no trabaja y no actúa como lo indica su "naturaleza".
Al mismo tiempo, era difícil salir de la ronda del beber, en la medida en que difícilmente se aceptara que uno de los participantes mantuviera la mesura en medio de las ingestiones del grupo.

El alcohol hace hablar y permite hacerse escuchar.

"Lastima, bandoneón,
mi corazón
tu ronca maldición maleva...
Tu lágrima de ron me lleva
Hasta el hondo bajo fondo
donde el barro se subleva.
Ya sé, no me digás. ¡Tenés razón!
La vida es una herida absurda,
y es todo, todo, tan fugaz,
que es una curda, ¡nada más!
Mi confesión"... (30)


Pero cuando no se deja de hablar y cuando no se miden las palabras, las osadías del vino se hacen inaceptables.

..."Malevo...
te olvidaste en los boliches
los anhelos de tu vieja.
Malevo...
Se agrandaron tus hazañas
con las copas de ginebra...
Por ella, tan sólo por ella,
dejaste una huella
de amargo rencor.
Malevo...
¡Qué triste!...
Jugaste y perdiste
Tan solo por ella, que nunca volvió"... (31)

Sería un error pensar que los "dichos" de un borracho no se tomaban en serio. El impacto y la validez de sus proclamas dependían del tipo de relación mantenida con el destinatario y los integrantes de la audiencia. Si eran amigos y no había antecedentes, los enunciados podían continuarse con gestos festivos y comentarios jocosos. Si existían "antecedentes", la "pérdida de los sentidos" rápidamente invocada no era suficiente para menguar el efecto de las palabras.

Si el auditorio estaba integrado por gente que se conocía bien, la trayectoria personal era prueba suficiente para hacer un "mentís" del agravio. Pero en el café lo más frecuente era una clientela de "amigos" y desconocidos frente a los cuales todos quedaban expuestos y a su merced. Si no se defiende el honor nace el desprecio público.

"Hace rato que te juno
que sos un gil a la guarda,
pretencioso cuando curda,
engrupido y charlatán.
Se te dio vuelta la taba,
Hoy andás hecho un andrajo,
Has descendido tan bajo
que ni bolilla te dan"... (32)

El capital simbólico del honor se juega en la retórica de la bebida. Hay que beber con alguien igual en honor y beber más que él para posicionarse mejor.

En los juegos de cartas o en las payadas, que tienen la bebida como compañera y como recompensa material inmediata, se juega algo más que un vaso de vino. Beber como se espera, aceptar o respetar lo pautado, plantear una jugada que demuestre la habilidad e inteligencia, otorgan prestigio y ventaja relativa a quien lo hace, genera admiración y son fuente de poder. (33)

NOSTALGIAS
La historia del tango, adquiere una relevancia y una coherencia especiales estudiada en el contexto del discurso argentino. Ese discurso proliferó muy especialmente a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, precisamente cuando el tango era todavía el baile y la música prohibida en la sociedad "decente" del Buenos Aires finisecular.

Las dos historias, la del tango original y la del discurso sobre el alcoholismo, se entrecruzaron, se hicieron en el bar, ese espacio paradigmático del tango original y del Buenos Aires de fines de siglo.

La nueva cultura popular del Buenos Aires de 1900, en su desarrollo a lo largo del tiempo y los espacios, pasa indefectiblemente por el bar. Hacia fines del siglo, Buenos Aires era una gigantesca multitud de hombres solos. En los boliches y prostíbulos hace vida social ese montón de estibadores, de albañiles y matones de comité, de musicantes criollos y extranjeros, de cuarteadores y de proxenetas.

Este era en la cultura popular, el mismo "tabú" que vimos en el discurso de las ciencias sociales y las instituciones nacionales utilizado para ordenar y organizar una nueva "identidad nacional".

El bar del Buenos Aires de fin de siglo también fue la agencia de nuevos códigos culturales que se gestaron en una institución que debiendo asegurar la "higiene" de las últimas décadas del siglo diecinueve, promovió inversiones que carcomieron los cimientos de las mismas estructuras que debían reforzar y produjeron una nueva y rica cultura popular, con una lengua muy especifica que hoy identifica lo más idiosincrático de la cultura rioplatense, El Tango.

Se preocupaban otros de la frecuente embriaguez del público. Como prueba del cambio en los pareceres, recordamos haber existido hace algunos años una campaña publicitaria instando a su consumo, llamándolo "la bebida de los pueblos fuertes".
Por beber vino en el siglo pasado se era inmundo; en el actual, un orgulloso integrante de una población fortalecida. Mera munición ideológica.

(*) Profesor y Licenciado en Historia (UNLU). Conferencista. Titular de la cátedra Historia Argentina y Americana I del Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche.

 

 
(1) F. Engels. La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ed. Crítica. Barcelona, 1978.
(2) Revista Argentina de Tuberculosis y Enfermedades Pulmonares. XXI. 2. 1957. Pág.47.
(3) Los italianos representaban el 31,1% de la población total de la ciudad; los españoles el 10% y los franceses el 4,6%. Primer Censo general de población, comercio e industria de la ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, 1887.
(4) Gayol Sandra. "Conversaciones y desafíos en los cafés de Buenos Aires (1870-1910). En Historia de la vida privada en la Argentina. La Argentina plural: 1870-1930. Tomo.2. Ed. Taurus, Buenos Aires. 1999.
(5) "Mi taza de café". Versos de Homero Manzi y música de Alfredo Malerba. 1943
(6) "Cafetín de Buenos Aires". Letra de Enrique Santos Discépolo y música de Mariano Mores. 1948.
(7) Salessi Jorge. "Médicos, maleantes y maricas". Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la nación Argentina. Buenos Aires: 1871-1914. Buenos Aires. Ed. Beatriz Viterbo. 1995.
(8) "Amigos que yo quiero". Tango. Letra y música de Hugo Gutiérrez.
(9) El más heterogéneo universo femenino de Florencio Sánchez presente en el recambio del siglo está también ausente en los cafés. Como dice el autor en un pasaje de Los Muertos: "al café concurren mujeres de vida alegre". Amelia "ha tenido el coraje de emanciparse de su marido", pero no es una "cualquiera", tiene reparos y se resiste a exhibirse en un café. María Julia, "mujer de vida alegre", le aconseja: "no salga nunca con él (se refiere a su amante). No es malo, pero acostumbrado a tratar con nosotras, cree que todas las mujeres son iguales". El gesto de Amalia y la indicación de María Julia son muy significativos en un autor que permite más de una licencia al sexo femenino.
(10) Sandoval Avelino. "El alcohol tomado como alimento de ahorro o antidestructivo de los pobres y los trabajadores". Tesis doctoral, Facultad de Ciencias Médicas. Universidad de Buenos Aires, 1878. Gayol Sandra. "Ebrios y divertidos: la estrategia del alcohol en Buenos Aires, 1860-1920", en Siglo XIX, 13. 1993. Bunge Augusto. "El alcoholismo. Buenos Aires. 1912. Acción Obrera, octubre de 1928: la Protesta, 24 de octubre de 1903; El Azote, octubre de 1911; El Rebelde, 29 de setiembre de 1901, y Nuestra Tribuna. Quincenario Femenino de Ideas, Crítica, Arte y Literatura, 15 de setiembre de 1923.
(11) "Carne de cabaret". Letra de Luis Roldan, música de Pacífico V. Lambertucci. 1920.
(12) "Matasano". Letra de Pascual Contursi, sobre la música del tango "Matasano", de Francisco Canaro. 1914.
(13) "El Porteñito". Letra y música de Ángel G. Villoldo. 1903. La letra suele atribuirse a Alfredo Gobbi (padre), que lo difundió, sobre todo desde el disco. Los versos varían levemente según las versiones. Tomado de Contursi-Manzi-Santos Discépolo-Ferrer-Blázquez y otros. "Letras de tango, Selección (1897-1981. Edición de José Gobello. Ediciones Nuevo Siglo, Buenos Aires, 1° reimpresión. 1997.
(14) "Café La Humedad". Letra de y música de Cacho Castaña (Humberto Vicente Castagna). 1974.
(15) Gayol Sandra. Op. cit., pag: 138.
(16) "El Carrerito". Letra de Alberto Vacarezza, y música de Raúl de los Hoyos. 1928.
(17) "Aquella cantina de la ribera". Letra de José González Castillo, y música de su hijo, Cátulo Castillo. 1926.
(18) Armus. Diego. "Mundo urbano y cultura popular". Estudios de Historia social Argentina. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 1990.
(19) Gutiérrez. Leandro; Romero Luis Alberto. "Sectores populares, cultura y política." Editorial Sudamericana, Buenos Aires. 1995.
(20) Armus, Diego y Hardoy, J. "Conventillos, ranchos y casa propia en el mundo urbano del novecientos" , en Armus Diego (comp), Mundo urbano y cultura popular. Estudios de historia social argentina. Buenos Aires, Editorial Sudamericana. 1990.
(21) Un número importante de fondas, bodegones y despachos contaba con cuartos que se alquilaban fundamentalmente a jóvenes solteros. Yujnovsky. O, "Políticas de vivienda en la ciudad de Buenos Aires, 1887-1914" En Desarrollo Económico, N° 5, 1971.
(22) Así, siguiendo el Censo Municipal de 1900, vemos que el vaso de refresco oscilaba entre 5, 13 y 15 centavos; el de cerveza, entre 5, 10 y 15 centavos; y la copa de licores, entre 10, 15 y 20 centavos. Los salarios eran también extremadamente variables. Las fluctuaciones se daban entre cada una de las profesiones y dentro de cada una de ellas, al mismo tiempo que las incompletas series disponibles acusan una aguda variación de un año a otro y en un mismo año. Para 1900, siguiendo a Julio Godio, un ajustador de motores ganaba entre 2 y 5 pesos diarios; un albañil, entre 1 y 3 pesos diarios y un cigarrero 1 peso diario. Si consideramos el precio más bajo del vaso de refresco respecto del jornal más bajo vemos que el vaso equivalía al 0,05% del jornal diario de un trabajador. Sobre las fluctuaciones salariales y las limitaciones documentales para estimarlas: "Los trabajadores y sus luchas", en J. L. Romero y L. A. Romero, Buenos Aires. Historia de cuatro siglos, Buenos Aires, Abril, 1983, Tomo II, pp. 67-83.
(23) "Muchacho del cafetín". Letra de Homero Manzi, y música de Francisco Pracánico. 1935.
(24) "El patotero sentimental". Letra de Manuel Romero, y música de Manuel Jovés. 1922.
(25) "A lo Megara". Letra de Luis Alposta y música de Edmundo Rivero. Este tango que evoca al barón Tsunami Megata, introductor del tango en el Japón, data de 1981 y fue grabado por Edmundo Rivero en 1983.
(26) Sandra Gayol, Sociabilidad en Buenos Aires. Hombres, honor y café, 1860-1910, Buenos Aires, Editorial A-Z, pp. 44-45.
(27) "La copa del olvido". Letra de Alberto Vacarezza, y música de Enrique Delfino. 1921.
(28) "Sentimiento gaucho". Letra de Juan Andrés Caruso, y música de Francisco y Rafael Canaro. 1924.
(29) "Whisky". Letra de Héctor Marcó, y música de Héctor Marcó. 1951.
(30) "La ultima curda". Letra de Cátulo Castillo, música de Aníbal Troilo. 1956.
(31) "Te llaman malevo". Letra de Homero Expósito, y música de Aníbal Troilo. 1957.
(32) Uno y Uno". Letra de Lorenzo Juan Traverso, y música de Julio Fava Pollero. 1929.
(33) Gayol, S. Op. cit. PAG. 67.


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