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DEPARTAMENTO DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA
ENFERMEDAD E IMAGINARIO.
EL MATADERO, ARTICULACIONES CULTURALES E HISTÓRICAS.
Por Jorge Alberto Requejo *
Si bien hay excelentes trabajos acerca del modo por el cual un grupo social percibe la experiencia de la enfermedad y la enfrenta mediante las técnicas y los rituales terapéuticos que juzga adecuados, no disponemos en cambio, de ninguna teoría de conjunto; es decir de una verdadera antropología de la morbilidad y de la salud.

La primera dificultad de una empresa que, como esta, se plantea resueltamente como metacultural y se propone revelar y analizar las formas elementales de la enfermedad y de la curación, proviene del hecho de que las formas mediante las cuales se representa a estas últimas son extremadamente dispares de una sociedad a otra. Si en una sociedad determinada y en un momento particular de su historia, las corrientes médicas, los sistemas de pensamiento, las escuelas, los comportamientos sociales, varían en extremo, y si a estas variaciones sociales se agregan variantes individuales. ¿Cómo poner en orden, es decir pensar, sobre esta abundancia? ¿Cómo identificar las tendencias principales detrás de tal diversidad? ¿Cómo develar las actitudes, si no idénticas, al menos atravesadas por líneas de fuerza comunes? Y una vez que estas tendencias se identifican, ¿Cómo pensar las unas con relación a las otras?

La comprensión de cualquier representación etiológica y de un sistema de pensamiento médico, difícilmente puedan separarse de las condiciones sociales en las que ellos se inscriben. En algunas enfermedades la repercusión social es de tal magnitud que su análisis resulta complejo y dificultoso, lo que conduce de manera ineluctable a un callejón sin salida. Dicho de otro modo: Si bien las interpretaciones de la patogenia y de la terapia son esencialmente variables de una sociedad a otra, de un individuo a otro, e incluso eminentemente evolutivas en una misma sociedad -lo que hace que ellas parezcan prácticamente infinitas a nivel empírico- se tratará de demostrar que también en esas interpretaciones hay permanencias, constantes o, si se prefiere, invariantes perfectamente discernibles de la experiencia mórbida y de la esperanza de curación que no son ilimitadas.

El objeto que debe entonces enfocarse, de las formas elementales de lo normal y de lo patológico es la transformación de las representaciones de la enfermedad y de la curación, tales como son experimentadas por los interesados.

En otros términos, si las representaciones en cuestión son la materia prima sobre la cual trabaja el investigador, la tarea propiamente dicha consiste en construir científicamente, evitando siempre reintroducir de manera inconsciente preconceptos implícitos o elecciones partidarias, estos objetos teóricos que son los modelos etiológicos y terapéuticos, y en estudiar los procesos sintácticos y semánticos de sus conexiones, de sus disyunciones y de sus transformaciones.

La vida y la muerte, la vitalidad y la enfermedad, las degeneraciones y sus males son algunos de los tópicos que organizan un tema central sintetizado con la palabra salud. Para ella no sólo refiere a las situaciones individuales sino que constituye también un conjunto de problemas que recibe el calificativo de "social" porque involucra a un colectivo societal, a todos los individuos que conviven en un espacio determinado. Cuando sale de los marcos privados y abarca al conjunto de la sociedad la salud adquiere una dimensión pública que requiere una activa participación del Estado para realizar los diagnósticos y proponer soluciones.

La salud como tema y como problema fue escasamente abordada por los historiadores. Tradicionalmente los propios médicos realizaron su historia como parte de la historia de la ciencia pero con escasas conexiones con los niveles socioeconómicos de análisis.

Más recientemente sociólogos, economistas, sanitaristas y planificadores la tomaron como eje de un cuerpo de reflexiones alrededor de lo que Pierre Rosanvallon ha denominado la "nueva cuestión social” (1), pero las referencias históricas al largo proceso en el que se construye una idea de solidaridad que cubra los principales riesgos de la existencia son tangenciales.

Sin embargo, y pese a las limitaciones de los propios estudios históricos sobre el tema, se fueron delimitando ciertas "tradiciones historiográficas" que, preocupadas por los cambios urbanos y las transformaciones sociales provocadas por la inmigración, abordaron el complejo campo que hoy, en una época de fragmentación del conocimiento histórico, se ubica en el más específico y recortado espacio de la historia de la salud.

En efecto, la Argentina se modifica casi radicalmente desde mediados del siglo XIX. Desde el punto de vista político se logra el reconocimiento de una autoridad nacional aceptada y legitimada por las provincias, dejando atrás los conflictos que desgarraban las provincias del Río de la Plata. El Estado se organiza y se convierte, cierto que paulatinamente, en un actor insoslayable del proceso histórico.

La "paz" interior renueva las expectativas económicas y el país se integra al mercado internacional como productor de bienes primarios. Carne y cereales serán los motores de un crecimiento que algunos esperan duradero. La expansión económica requiere de los brazos necesarios para la realización de las tareas y el país cambia su fisonomía con la llegada de miles de personas provenientes de Europa. La inmigración masiva transforma la ciudad y los modos de vida pero junto a esos cambios y a esas nuevas presencias aparecen también los problemas que acompañan la modernización.

El análisis de estos cambios fue lo que movilizo a los historiadores a pensar la salud a partir de diferentes temas, problemas y enfoques que fueron delineados en los abordajes relacionados con el crecimiento de las ciudades (la historia social urbana), las transformaciones del Estado (los mecanismos de intervención estatal) o el desarrollo de las ideas (en particular sobre el positivismo).

Es con la historiografía de los últimos veinte años cuando se construye un nuevo campo de indagación que focaliza tanto en las condiciones sociales que permiten la difusión de determinadas enfermedades, como en los modos en los que el Estado interviene para atacar y prevenir su difusión.(2) En este aspecto cobra fuerza la actuación de los médicos higienistas que fueron quienes libraron las batallas para organizar las instituciones y actuar en la sociedad. La amenaza biológica, la difusión de "pestilencias exóticas", fueron factores que estimularon la reflexión de médicos como Guillermo Rawson, Eduardo Wilde, Pedro Mallo y Emilio Coni.(3) Sanear la ciudad era una forma de garantizar la inmunidad de las sociedades, porque la enfermedad, si bien surge de los miserables, una vez difundida no alcanzan las barreras para evitar que ataque a los ricos.

La explicación de los mecanismos de intervención estatal se articula con la puesta en escena de la "cuestión social". Aquí se plantean algunos problemas. Uno está relacionado con la dinámica interna de los procesos de construcción estatal. Si se entiende que los aparatos del Estado constituyen un actor social diferenciado y complejo, la comprensión de su dinámica se teje en la trama de relaciones que establece con la sociedad civil, y con la negociación y el conflicto que se produce para dirimir los ámbitos de la competencia sobre aquellos temas que integran la agenda de problemas socialmente vigentes.

El Estado entonces se va involucrando en áreas problemáticas, las llamadas "cuestiones" frente a las que adoptan diferentes posiciones y recursos. La "cuestión social" es uno de esos problemas que la sociedad y el Estado consideran cruciales y que se manifiestan en "ciclos de atención" asociados con la significación y vigencia que tienen en una coyuntura histórica determinada. (4)

Por otra parte, el uso de la expresión "cuestión social" requiere de una mínima explicación. La expresión fue lanzada a fines de siglo XIX para poner en evidencia los disfuncionamientos que se habían producido con la transformación socioeconómica del país. En Europa se la utilizaba para explicar las tensiones y los conflictos de la sociedad industrial. (5)

Abarcaba un conjunto amplio de problemas que iban desde los temas vinculados con vivienda, alimentación, educación y salud hasta los problemas políticos derivados de cuestiones como inclusión - exclusión de los pobres, los sectores populares o las masas según expresiones de la época y que remite a un tema mayor como el de la gobernabilidad, una cuestión importante que cobra fuerza en la Argentina finisecular.

El examen de la cuestión social presentaba algunas aristas interesantes que problematizan el tema de la salud. Por un lado, el debate sobre las condiciones de la vida material al preguntarse sobre las condiciones de habitación de los sectores populares, permitió recortar las consecuencias del hacinamiento, la insuficiencia de las instalaciones, o los grados de visibilidad de la intervención de los poderes públicos. Respecto de la alimentación, la higiene y la calidad eran los tópicos que permitían organizar las referencias sobre el tema.

Tomando la alimentación como punto de partida era posible avanzar en el debate sobre las condiciones de vida y, más concretamente, evaluar los resultados del proceso de modernización. La calidad de los alimentos y no su cantidad facilitó una reflexión sobre la vida de los sectores populares.

En el plano del análisis de las políticas sociales y el desarrollo de la seguridad social, los sociólogos, politólogos y economistas son mayoría, con respecto a los historiadores, podemos mencionar los trabajos pioneros de Diego Armus y Ricardo González sobre los médicos y el asistencialismo y particularmente los trabajos de Susana Belmartino sobre la corporación médica como un paso para reconstruir el proceso histórico que conduce a las relaciones de poder existentes en el sector de la salud en la actualidad. (6)

Con la evolución de la historia de las mentalidades, en las décadas del 70 y 80, y la creciente influencia de la Antropología cultural, y la lingüística, que nos permite acceder a la enfermedad por intermedio del texto literario, apoyarse en estos, como nosotros mismos lo hacemos habitualmente en nuestras reflexiones acerca del imaginario de las enfermedades y la muerte y sus fantasías, enseña mucho mejor que los trabajos eruditos. Observamos entonces un verdadero reportaje a la enfermedad por los enfermos que descubren la escritura en ocasión de una enfermedad. Así la literatura se convierte en un método expositivo de extraña pertinencia y gran delicadeza. (7)

Una antropología preocupada por dar cuenta del conjunto de las representaciones de la enfermedad y la curación de manera manifiesta o reprimida, está en juego en la sociedad contemporánea y no puede eximirse de un conocimiento preciso de la historia intelectual y nuestras prácticas médicas.

No sólo es importante sino necesario conocer lo que ha permitido el surgimiento de las diferentes corrientes que constituyen la medicina actual. (8)

Desde este punto de vista, la lectura que se puede hacer de los libros de la medicina tiende a ser paradójica: por un lado, esas obras ocultan casi de manera sistemática la relación de la enfermedad con la sociedad; por el otro, son eminentemente reveladoras de algunos de nuestros comportamientos actuales. Los enfermos, los curanderos e incluso los médicos reactualizan, muy a menudo y de manera inconsciente, los modos de acercamiento y de sensibilidad que se pueden encontrar en el pasado, pero que no pertenecen, en tanto que tales, al pasado o a lo ajeno más que como fondo común de significaciones, en el que depositamos la fe, como cultura y como individuos, para elaborar nuestras representaciones de la enfermedad y de la salud.

Más que cualquier otro, el escritor está atento a sí mismo y a las modificaciones de las sensaciones y de los sentimientos experimentados en ocasión de la enfermedad. La literatura, y en particular la literatura de ficción, desarrollan un interés muy especial por el detalle, y el detalle del detalle; por los "acontecimientos minúsculos" y los "pequeños hechos", de los cuales habla Marcel Proust. (9)

Ahora bien, esa preocupación por lo microscópico, y no, como lo señala Proust, por "las grandes dimensiones de los fenómenos sociales", reúne la perspectiva que es a la vez la del historiador y la del médico. Es impresionante el rigor de la literatura en la descripción de las afecciones patológicas, como se ve en la obra de Thomas Mann (10), este da prueba de un interés por la precisión que no puede dejar indiferente al médico, antropólogo y al historiador. Puede hablarse entonces de una verdadera contribución del texto literario a la medicina, obviamente no bajo la forma médica, sino por la observación de sí mismo (sí es el escritor quien está enfermo) y por la observación de los otros.

Este punto de vista del observador, y esa facultad de expresarlo mediante las palabras, en efecto constituyen, no sólo una auténtica fuente del conocimiento sino, más aún, de conocimiento científico. (11)

La originalidad de la comprensión literaria, en el sentido en que la entendemos en adelante, es precisamente la de no ser la pura reproducción de las ideas médicas de una época dada, esto es, la duplicación (redundante), bajo forma novelada, de lo que ya ha sido, pensado y tratado bajo forma médica.

Todo su interés reside en el hecho de que ella es susceptible de enseñarnos simultáneamente otra cosa de la que nos enseña la medicina y distinta de la que aprendemos habitualmente, a partir de la entrevista etnográfica o de las encuestas sociológicas. Pero, en definitiva, todo depende de lo que se busca.

La explicación de lo social, mediante la neutralización de la afectividad y la objetivación de los comportamientos colectivos, se encuentra en el dominio de lo fantasioso, de lo imaginario, del efecto, de las reacciones e interpretaciones de la lingüística y sus giros, entonces la novela que esta tan alejada de la literatura realista como de la práctica de las ciencias humanas, es una fuente de información y conocimiento de la cual no se ve por qué debería privarse de su utilización. (12)

El texto literario, como el Matadero de Esteban Echeverría (1805-1851), es revelador de las representaciones que una sociedad determinada se hace de la enfermedad, y pone en evidencia las significaciones veladas u ocultas, incluso prohibidas en una cultura dada, y libera el lenguaje de las convenciones, de los lugares comunes y de los estereotipos. Así, en una sociedad como la Argentina de mediados del siglo XIX, que considera la enfermedad como una aberración a destruir; Esteban Echeverría se interroga a menudo, por vías que nada deben a la crítica social, acerca del sentido de la enfermedad, y busca captarlo, describirlo y expresarlo por medio de una estética que le es propia.

LA ENFERMEDAD COMO RUPTURA DEL EQUILIBRIO ENTRE EL HOMBRE Y SU MEDIO SOCIAL.
Pasando de una interpretación ontológica a una interpretación relacional de la enfermedad, efectuamos no sólo un desplazamiento de las significaciones en juego, sino un giro completo de perspectiva, que hace estallar una percepción no sólo anatómica sino también biológica de la enfermedad, puesto que consiste en reubicar la morbilidad en un espacio semántico que supera tanto al cuerpo sufriente como a la persona del enfermo.

Se trata de una explicación "espontánea (salvaje)" o científicamente establecida bajo la forma de lectura analítica, es susceptible de recibir, según las épocas y las sociedades, diferentes formulaciones. Una es la formulación religiosa: la enfermedad es simultánea, una advertencia que hace suponer que se ha cometido una infracción; una violación del orden, que exige una reparación; un mandato de restaurar las relaciones de la comunidad consigo misma, puesta en peligro por el hecho de la "enfermedad" de un individuo.

Así, este sistema de interpretación (13) apela a la ofrenda de un sacrificio que, podría decirse, se ofrece la sociedad a sí misma, menos para curar la enfermedad que para encontrar o acomodar su eje de equilibrio.

La otra es una formulación mágica y más precisamente encantada: la comprensión de los síntomas designados con el término de "sortilegios", expulsados y vueltos hacia quien los emite, que tiene el mérito de preanunciar lo que, desde hace unos años, tenemos la ilusión de presentar como "hallazgo", que la enfermedad de uno remite a un espacio donde lo que pasa tiene algo que ver con la enfermedad, pero que sin embargo se sitúa en el exterior del enfermo. (14)

Estas observaciones nos conducen directamente a variar nuestra lectura del pensamiento etiológico: a considerarlo no ya bajo la luz de lo relacional, en su oposición polar a lo ontológico, sino bajo la luz de lo exógeno en su oposición a lo endógeno.

Pensar la enfermedad y la salud como modo de relación perturbada o satisfecha del hombre con su medio social, en nuestro horizonte sociohistórico, es una reacción (antiorganicista) a la hipertrofia del modelo que más radicalmente se le opone: el modelo ontológico. Por cierto, esta reacción puede ser considerada como un "progreso" aunque en los limites de una estricta epistemología de la pluridisciplinaridad, cuidadosa ante todo de lo que la interpretación social de la patología no degenere, mediante deslizamientos, en un puro y simple postulado del sociologismo. (15)

Pero es también la vuelta de tuerca de un modelo muy antiguo que, en su redescubrimiento contemporáneo, se desintegra entre la idea de que debe "desmedicarse" la enfermedad y la medicación de hecho de conductas (delincuencia, psicopatías) antiguamente a cargo, en nuestra propia sociedad, de la moral y la religión.

Cuando el pensamiento etiológico hace del malestar biológico un sencillo caso de desdicha social, o si se prefiere, cuando el segundo se tiene por original y el primero sólo por derivado, se asiste de manera subrepticia al retorno inadvertido del modelo que, sin embargo, más se le opone lógicamente.

Nos encontramos en el mismo terreno cuando se trata de la brujería europea, que antes de reactualizarse bajo la forma de discurso científico, pone en pleno juego, para todos aquellos que son actores, fuerzas que no son psicológicas o sociales, sino materiales.

En definitiva, cómo no sensibilizarse frente al hecho de que cuando los médicos, y entre ellos sobre todo los psiquiatras, apuntan a la patología social ("sociedad patógena, patología de las familias").

Todo sucede como si "la familia", "la sociedad", "el Estado", etc., se encontraran dotados del estatuto de cosa y, en mayor medida, de cosa que puede considerarse independientemente de los individuos que los componen. Pero entonces se está en el derecho de preguntar, cada vez que el desplazamiento de lo ontológico o lo relacional se acompaña de una reificación de lo social, en qué medida se ha cambiado realmente de modelo. Así, cuando "la familia", "la sociedad" "los genios", "los antepasados", "los sortilegios", son aprehendidos como entidades morbíficas, la enfermedad no aparece más como perteneciendo al orden de la alteración, sino de la alteridad; más que perteneciendo al orden de la variación cuantitativa, se presenta como del orden de lo invasivo, de la fractura, o de la elección, es decir, de la diferencia cualitativa. (16)

Nos encontramos entonces frente a un modelo decididamente dualista, y no-monista: hay dos realidades antagónicas que se enfrentan, el hombre y una adversidad mórbida.

EL MATADERO, ARTICULACIONES CULTURALES E HISTÓRICAS
El Matadero del Alto, al que Echeverría en su texto llamó también el matadero de la Convalecencia, estaba ubicado en el espacio que hasta hoy se llama Plaza España, en el triángulo delimitado por las calles Amónico Alcorta, Caseros y Baigorri. El cementerio del Sud fue abierto en 1867 y estaba situado en la actual Plaza Florentino Ameghino, en el espacio delimitado por las calles Matheu y Santa Cruz entre Caseros y Uspallata. El Cementerio del Sud y el Matadero del Sud en 1867 estaban separados por unos escasos quinientos metros.

En muchos mapas antiguos del Buenos Aires del período, como el de Solveyra de 1862, el de Aymez de 1865 y el del Departamento Topográfico de 1867, el espacio del matadero de la Convalecencia incluía el espacio que después fue cementerio; eran un mismo espacio. (17)

Los espacios del Matadero y el Cementerio del Sud fueron separados entre 1867 y 1871 a raíz de la serie de epidemias que culminaron con la de 1871. Ese mismo año esa separación se hizo definitiva con la clausura del cementerio del Sud y el traslado de los antiguos corrales al Parque Patricios. Que la separación de los espacios del matadero y el cementerio haya sido en 1867 o en 1871 no interesa tanto como el hecho de que haya sido precisamente entre 1867, cuando se abrió el cementerio del Sud y en 1871, cuando se cerró, que para "salubrificar" se haya puesto distancia entre los espacios que simbolizaban la matanza y/o enterramientos indiscriminados y promiscuos de animales y/o gente. Esa confusión o mezcla que en el texto de Echeverría significaba barbarie, en 1871 significó también insalubridad.

Al ser publicado en 1871, El Matadero permitió articular y separar dos grandes paradigmas de análisis de la cultura argentina de la segunda mitad del siglo XIX: civilización/barbarie y salubre/insalubre.

Como sabemos, Echeverría y Gutiérrez fueron figuras centrales del grupo de argentinos exiliados en Montevideo durante el gobierno de Rosas. Pero en 1871 Echeverría había muerto veinte años antes. El exilio militante también había quedado veinte años atrás. Gutiérrez el líder unitario del período 1820-1851, durante el gobierno de Sarmiento, se había transformado de exiliado en uno de los civilizadores liberales.

Era el rector de la Universidad de Buenos Aires y como tal participó en la discusión sobre la salubrificación de la ciudad. (18)

En el último número de la Revista de Buenos Aires, Navarro Viola para reforzar su argumento sobre la necesidad de cerrar y "salubrificar" el cementerio del Sud, el espacio adyacente o superpuesto al matadero de la Convalecencia, citó una carta de su "lustrado amigo el doctor Juan María Gutiérrez" que le daba un "apoyo doblemente respetable por lo conspicuo del autor". En esa carta Gutiérrez también advirtió el peligro y "los malos efectos de la aglomeración de cadáveres en un suelo cualquiera" (Cementerio Sud).

En 1871 a Gutiérrez difícilmente pudiera escaparle que en la carta a Navarro Viola (19) estaba escribiendo sobre el mismo espacio que pocos meses más tarde él mismo empezaría a hacer famoso al publicar El Matadero, el texto en el que la gran metáfora de la barbarie es la mezcla. Noé Jitrik(20), al referirse a esa confusión característica del cuento de Echeverría, escribió: "de este modo todo lo que sea mezcla es en sí irracionalidad, mundo de fuerzas desatadas, mundo demoníaco".

Jitrik señalo que El Matadero "es el primer relato de carácter preciso, de alto valor literario y de densidad testimonial producido en el Río de la Plata" y explicó que "no fue dado a conocer en su momento y que constituye sin duda su obra más original y más fuerte, la más perdurable. Sólo es dado a conocer por Gutiérrez en la Revista del Río de la Plata, pág. 556/62". Pero Jitrik no notó que la publicación de El Matadero, se ilumina leída en el contexto cultural profundamente marcado por la epidemia de fiebre amarilla. El Matadero si bien no incidió en el imaginario cultural y en la historia de la cultura y la literatura argentinas de la primera mitad de siglo XIX, sí lo hizo en un momento y un medio cultural clave, bisagra de la historia de la cultura y la literatura argentinas.

Además de la marca que dejaron en el imaginario cultural las epidemias del período 1868-1871, en 1872 fue publicada la primera parte del Martín Fierro. Entre 1869 1874, durante el gobierno de Sarmiento, se empezaron las grandes obras públicas en Buenos Aires y en el resto del país. Roberto Cortéz Conde (21) señaló que con la presidencia de Sarmiento "se inició un largo período, concluido seis décadas después, en que se sucedieron sin interrupción las autoridades electas dentro del régimen de la Constitución". En este contexto fundacional fue leído por primera vez el cuento de Echeverría.

También El Matadero, tiene el mérito de anticiparse al realismo que se estaba iniciando en su forma moderna en Europa. Probablemente fue ese "realismo" y la recolección como así también la transcripción de una lengua oral popular periférica y preurbana, los que mantuvieron al texto de Echeverría en la oscuridad durante treinta y tres años. Pero ese mismo "realismo" en 1871 sirvió para fijar el texto en la cultura, no como un texto literario sino como una crónica, testimonio y documento histórico. En 1871 el ambiente cultural ya estaba preparado para aceptar el realismo del texto de Echeverría que daba visos de veracidad, y así se fue transformando en un documento histórico utilizado para empezar a construir, al mismo tiempo que las grandes obras públicas, una historia argentina "nacional".

En 1871, como hemos visto, todavía seguían las pequeñas guerras de líderes locales que, como López Jordán, se rebelaban contra la autoridad del gobierno central, pero el gran período de la llamada barbarie federal del gobierno de Rosas había terminado en 1852. A partir de ese momento los líderes unitarios de antes, como Gutiérrez y Sarmiento, fueron los civilizadores que empezaron a construir la nación a la que era necesario proveerla de una historia. Pero ese deseo no es fácil de satisfacer, tanto en la época antigua como en la reciente, porque no habiendo tenido arte ni literatura nacional, han desaparecido los tipos sociales, escribía Gutiérrez. Así, para llenar un vacío de "arte" y "literatura", Gutiérrez rescata El Matadero.

El rector de la Universidad de Buenos Aires, en 1871, sintió que debía explicar la transcripción literal que hizo Echeverría de una lengua de la clase baja de la periferia cultural representada por el espacio del matadero del período rosista, y escribió: "este precioso boceto aparecería descolorido, si llevados de un respeto exagerado por la delicadeza del lector, suprimiéramos frases y palabras verdaderamente soeces". La literalidad de la lengua que en 1838, cuando Echeverría escribió el cuento, podía ser obscena, en 1871 fue utilizada para homologar el cuento con la nueva tecnología de la naciente fotografía que, en ese momento, combinaba el arte de la pintura y el dibujo con la veracidad de la ciencia.

En 1871 ya se había inventado el daguerrotipo, con limitaciones como posar y técnicas de montaje. Visibilidad todavía se asociaba con veracidad, y se invocó esa supuesta cualidad del método casi científico de producción y reproducción de imágenes para presentar a Echeverría como un fotógrafo de la barbarie que había documentado una historia "real"(22) .

Para que no quedaran dudas del prestigio científico del texto de Echeverría, se lo presento como un profesional de la medicina "anatómico o cirujano", que observa y registra fielmente una verdad histórica inscripta y leída en un cuerpo humano muerto. Donde el cadáver eran Buenos Aires y la cultura de la "bárbara federación", característica durante el gobierno de Rosas. Y Echeverría era el médico escritor, el germen de la enfermedad epidémica era la ideología federal o "el fanatismo político inoculado en conciencias supersticiosas" (23)

En la última frase del cuento, el mismo Echeverría había caracterizado el medio propicio para el desarrollo y propagación de la enfermedad, al concluir que "por el suceso anterior puede verse a las claras que el foco de la federación estaba en el Matadero".

El cuento de Echeverría narraba cómo "un joven de 25 años de gallarda y bien apuesta persona", unitario y opositor del gobierno de Rosas, al pasar por el matadero de Buenos Aires fue capturado y torturado por los matarifes y carniceros federales. Según el cuento de Echeverría esos hombres especializados en el manejo del cuchillo fueron los miembros de una fuerza "parapolicial" que utilizaba Rosas.

Echeverría llamó a ese grupo la cofradía y a Rosas el "patrón de la cofradía", siendo más especifico ese grupo era conocido como la "mazorca", y el matadero fue el campo de ensayo, la cuna y la escuela de aquellos gendarmes de cuchillo. (24)

Así el espacio originario de la insalubridad también quedó inscripto, fundado como "el campo de ensayo, la escuela" de prácticas específicas que se identificaron con una fuerza "parapolicial" del gobierno de Rosas, la mazorca, el nombre de esa fuerza, se refería a una forma de tortura que tiene por objeto, el introducir por el flanco de la retaguardia del enemigo unitario "el sabroso fruto del que ha tomado nombre, así es que toda aquella gente que recela este fracaso ha dado en usar el pantalón muy ajustado".

El vocabulario militar describió así las estrategias de defensa de una "retaguardia" del hombre, considerada como el bastión más sagrado del honor unitario. En las crónicas del período rosista hay alusiones repetidas a la misma forma de tortura.

Los unitarios las utilizaron para estigmatizar al gobierno de Rosas y sus partidarios representándolos como sodomitas, al mismo tiempo que los federales representaban a los unitarios como afeminados, "maricones". Sodomitas o maricones lo significativo es cómo los dos grupos políticos utilizaron la figura de la transgresión sexual o genérica para estigmatizar al otro. (25)

En El Matadero, el joven unitario en poder de la mazorca primero fue afeitado y cuando iba a ser inmovilizado para ser sodomizado murió de una hemorragia provocada por él mismo. Desde el principio del episodio, el narrador preparó al lector para el gran derrame de la romántica sangre patriótica que corría por las nobles venas del joven.

El narrador describió al personaje cuando lo iban a afeitar: "fuera de sí de cólera. Todo su cuerpo parecía estar en convulsión: su pálido y amoratado rostro, su voz, su labio trémulo, mostraban el movimiento convulsivo de su corazón...su cuello desnudo y la pechera de su camisa dejaban entrever el latido violento de sus arterias".

Este personaje, valiente y lleno de sangre, en el momento en que iba a ser inmovilizado para ser sodomizado hizo estallar sus venas y arterias, "reventó de rabia el salvaje unitario, dijo uno, tenía un río de sangre en las venas articuló otro". Al desangrarse en una profusa hemorragia provocada por la mera posibilidad de la confusión de su género, el unitario murió conservando su honor de hombre masculino.

La tortura del joven unitario empezó cuando "entre vociferaciones e injurias, los mazorqueros arrastraron al infeliz joven al banco del tormento", que se encontraba adentro de la casilla que servía de despacho a la autoridad del "juez del matadero, personaje importante, caudillo de los carniceros y que ejerce la suma del poder en aquella pequeña republiqueta".

Se desprende del texto de Echeverría, que este identificó el matadero con la república y a Rosas con el juez que, como él, ejercía "la suma del poder".
Una vez adentro del espacio de la autoridad, los mazorqueros propusieron distintas formas de torturar al unitario:

-Ya le amansará el palo.
-Es preciso sobarlo.
-Por ahora berga y tijera.
-Si no la vela.
-Mejor será la mazorca. (26)

La tortura empezó con "la tijera"; después de afeitarle las patillas, el narrador marcó una interrupción con un diálogo para continuar cuando el juez del matadero ordenó a los mazorqueros: "Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada denle berga, bien atado sobre la mesa". Jitrik explicó que en esta escena los federales "es evidente: lo quieren violar"(27). Como ya señaló Fernando Operé, esa fue otra instancia de la "violación metafórica de la civilización por la barbarie, tema repetido en Sarmiento y Mármol".

A lo largo del texto de Echeverría se nos representa la sodomía como una evidencia documental de la barbarie rosista, y se ha intentado explicar que el joven unitario al elegir morir antes de ser sodomizado "obra como lo habría hecho el noble poeta en situación análoga". Zelmar Acevedo propone, quizá un poco apresuradamente, que "Esteban Echeverría era un reconocido homosexual de la época de la lucha por nuestra independencia". (28)

"Tenía un río de sangre en las venas", dijo uno de los mazorqueros al ver cómo se había desangrado el joven unitario. Ese "río de sangre" que en el texto de Echeverría evitó y reemplazo la representación del acto sodomita en 1871 era considerado una de las fuentes primarias de la insalubridad. El narrador de El Matadero describió ese flujo insalubre con gran detalle y en momentos estructurales del cuento. En la escena final la tortura terminó cuando "un río de sangre brotó borbolloneando de la boca y las narices del joven y extendiéndose empezó a caer a chorros por entrambos lados de la mesa". Estos "ríos de sangre", como los degüellos de la tradición romántica argentina, eran recurrentes en El Matadero donde confluían conformando una representación fundacional de ese entretejido insalubre de géneros, flujos y cuerpos mezclados.

Protegidos en la privacidad del interior de la casilla, los mazorqueros propusieron formas de tortura que, en su mayoría, involucraban distintas formas de sodomización: "el palo", "la vela", "la verga" o "la mazorca". Pero en el espacio público representado por la playa y la calle del matadero, las formas de tortura que propusieron los mazorqueros fueron distintas formas de degüello que, según la tradición, además de ser especialmente sangrientas también tenían connotaciones sexuales.

En la calle, cuando recién habían atrapado al unitario, los carniceros alrededor de Matasiete, el cabecilla de los matarifes que sujetaba al joven amenazándolo con su cuchillo, propusieron afeitarlo primero y degollarlo después:

-Pícaro unitario. Es preciso tusarlo.
-Tiene buen pescuezo para el violín.
-Toca el violín.
-Mejor es resbalosa. (29)
-Probemos, dijo Matasiete y empezó sonriendo a pasar el filo de su daga por la garganta del caído. (30)

Tocar "el violín" o hacer bailar "la refalosa" eran formas de tortura y degüello recurrentes en las crónicas y la literatura del período. Ella imita el movimiento del cuchillo sobre la garganta de la víctima y se canta y se baila al mismo tiempo.

La desnudez "ante todo" era un principio de la tortura y simbolizaba la vulnerabilidad del cuerpo del hombre susceptible, entre otras formas de tortura, a la humillación del género del hombre sodomizado. Ese era uno de los significados del "desnudo realismo". A esa misma desnudez se refirió el joven unitario al exclamar antes de desangrarse: "primero degollarme que desnudarme". Y esa fue la misma desnudez que evitó "cuando empezaron la obra de desnudarlo. Entonces un torrente de sangre brotó borbolloneando de la boca".

En El Matadero, el río de sangre del joven unitario era el último flujo que describía el texto y se entremezclaba con los flujos anteriores de la sangre de cuarenta y nueve novillos, la sangre de un niño y la sangre de un toro que constituían una representación ideal de la mezcla que en 1871 significaba insalubridad. Como el unitario después, el toro en su rebelión demostraba el honor de su género, distinto al de los novillos habituales en el matadero. Para poder matarlo los carniceros tuvieron que superar grandes dificultades antes de dominar ese último animal bravo que simbolizaba al joven. El animal que preanunciaba al joven gallardo del final era "emperrado y arisco como un unitario". El toro "de corta y ancha cerviz, de mirar fiero" tenia una característica "rojiza y fosfórica mirada" que era la misma del unitario "lanzando una mirada de fuego sobre aquellos hombres feroces", "sus ojos de fuego parecían salirse de la órbita".

El animal atrapado no se dejó vencer fácilmente y escapó del poder de los carniceros desprendiéndose del lazo elástico y tenso que lo sujetaba: "desprendió el lazo de el asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiera dividido a cercén una cabeza de niño, cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzado por cada arteria un largo chorro de sangre". Con el degollamiento del niño Echeverría representó la indiferencia de la barbarie ante la muerte de los inocentes, encarnados en el pequeño espectador del peligroso circo de la sangre. Pero con este "largo chorro de sangre" Echeverría volvió a entretejer el motivo recurrente del derramamiento de la sangre que articulaba la mezcla de flujos que iban del cuerpo del niño, con el que termina una primera parte del cuento, al cuerpo del toro con el que termina una segunda y anunciaba la muerte del unitario al final del texto.

El Matadero, en su primera parte imprescindible, preanunciaba y contenía el cuento porque allí, con la inundación, se realizaba el contacto entre los flujos del río y los flujos de la sangre del matadero, que darían origen a las plagas que asolarían Buenos Aires. (31)

La primera parte del cuento terminaba con el degollamiento del niño y la segunda parte terminaba cuando Matasiete, el actor principal de la cultura matarife, enfrentó al toro rebelde "gambeteando en torno de él con su enorme daga en mano, y se la hundió al cabo hasta el puño en la garganta mostrándola en seguida humeante y roja a los espectadores. Brotó un torrente de la herida". Así el motivo del derrame de sangre sirvió para entretejer y mezclar la sangre y los cuerpos del niño, el toro, el unitario y el pueblo federal: "cuarenta y nueve reses que estaban tendidas sobre sus cueros y cerca de doscientas personas que hollaban aquel suelo de lodo regado con la sangre de sus arterias. En torno de cada res resaltaba un grupo de figuras humanas de tez y raza distintas". La mezcla incluía diversidad de etnias.

Una vez muerto el toro rebelde los carniceros pudieron dilucidar el interrogante que se había planteado desde que éste apareció en el texto. La ambivalencia genérica del toro, que preanunciaba la del unitario en poder de los carniceros, fue un interrogante desde la primera frase que utilizó Echeverría para introducirlo: "de corta y ancha cerviz, de mirar fiero, sobre cuyos órganos genitales no estaban conformes los pareceres porque tenía apariencias de toro y de novillo". El mismo Echeverría explicó que "un toro en el matadero era cosa muy rara y aún vedada". Tan vedada y desafiante era la presencia de un toro entre los novillos como la de un unitario entre los federales carniceros.

Tanto la ambivalencia genérica del animal antes de morir, como la presencia del toro en el espacio de los novillos reforzaban la metáfora central de la mezcla de categorías que significaba barbarie irracional.

En ese ambiente de ambivalencias el género se confirmaba, y como resultado definía el género "masculino" del toro o de los carniceros. El vencedor confirmaba su triunfo e incorporaba ritualmente la potencialidad genérica del vencido haciendo la ingestión ritual de la parte del cuerpo considerada repositorio de la masculinidad: los testículos.

El episodio del toro, como el del unitario, concluyó con la confirmación del género del vencido. El río de sangre que tenía el unitario en las venas demostró el género del joven, preanunciado en el episodio con el toro, cuando, después de matarlo "una voz ruda exclamó: aquí están los huevos, sacando de la barriga del animal y mostrando a los espectadores dos enormes testículos, signo inequívoco de su dignidad de toro".

En la primera parte de su cuento Echeverría preparó el ambiente de mezcla poniendo en contacto los flujos del matadero y de los ríos. Con la inundación las aguas de los ríos, al invertir la dirección habitual de su flujo, se confundían con la sangre mezclada de la gente y los animales y realizaban el contacto insalubre entre los flujos de aguas potables y aguas servidas.

El autor explicó cómo funcionaba el sistema de desagües de El Matadero que era el espacio representativo de la ciudad y la república bajo el gobierno de Rosas: "Esta playa, con declive al sur, está cortada por un zanjón labrado por la corriente de las aguas pluviales, en cuyos bordes laterales se muestras innumerables cuevas de ratones y cuyo cauce recoge en tiempo de lluvia toda la sangrasa seca o reciente del matadero". El matadero, como la ciudad de Buenos Aires, tenía "declive al sur" y estaba "cortada por un zanjón labrado por las corrientes pluviales" que representaban los terceros y el Riachuelo cuyos cauces recogían las aguas de lluvia, del "río de la Matanza" y de los saladeros que, así, descargaban en el Río de la Plata los líquidos de deshecho de la ciudad.

Pero en el texto de Echeverría, la dirección de las aguas se interrumpieron y "toda la sangrasa" se puso en contacto con el agua potable de la ciudad, cuando las aguas del Riachuelo y del Río de la Plata inundaron el matadero.

La inundación de lo que son hoy los barrios de la Boca y Barracas, hasta esa segunda barranca que corría en el "Alto" paralela y a pocos metros de lo que sería hoy la vereda norte de la actual calle Amancio Alcorta, dejó a la ciudad sitiada por el agua y el barro al Norte y al Este y al Sud,(32) "por un piélago blanquecino"(33) que al llegar hasta la barranca del Alto se puso en contacto con el zanjón del matadero, por el que desaguaba hacia el sud "toda la sangrasa seca o reciente del matadero". El color "blanquecino" de ese "piélago", piel y lago que cubrían la ciudad, reforzó los tonos descoloridos y fríos característicos de la primera parte del cuento, donde predominaban "una lluvia muy copiosa", "los pantanos", "acuoso barro" y en todos lados las "las turbias aguas" de "un nuevo diluvio" y en una "inundación que crecía" hasta hacerse el "demonio unitario de la inundación". (34)

Como el color cambiante de aquella corriente de agua, era "unas veces sangrienta, otras verde y espesa", Echeverría contrastó los colores blanquecinos, turbios y barrosos, identificados con las plagas de una iglesia católica medievalizante y gris al principio del cuento, entremezclándolos con el rojo de la sangre característica del resto del cuento. (35)

Después de señalar el avance de las aguas de la inundación, Echeverría describió la actividad repentina del matadero. Los carniceros eran la versión bárbara del "anatómico" y a sus espaldas está la versión bárbara de los ayudantes o practicantes, alrededor de la mesa de disección: una mezcla de géneros y razas, de personas animaladas y animales antropomorfizados.

Las nociones cambiantes de barbarie, salubridad y los métodos para combatirlas quedaron inscriptos en una historia de cómo los gobiernos se ocupaban de las jaurías de perros salvajes comunes en la ciudad de la carne. Los escritores de la generación del 37 utilizaron los cuentos como El Matadero y novelas como Amalia para construir gran parte de la leyenda rosista. Pera esa producción textual no se restringió a la ficción tradicional. En gran cantidad de artículos periodísticos publicados por los unitarios la realidad se mezclaba con la ficción. En El Grito Argentino, una de las tantas publicaciones periódicas que los unitarios exiliados utilizaron para atacar a Rosas desde Montevideo, una nota fechada el 30 de junio de 1839 decía: "es cosa sabida que el tirano ha ordenado a la policía le mande una relación escrita del número de perros que matan los presidiarios y luego que él ha visto por sus propios ojos y contando las orejas, hace poner en la Gaceta el parte de su comisario"(36). Sin duda El Grito denunciaba así una presunta complicidad entre La Gaceta Mercantil y el gobernador de Buenos Aires y presidente de la Confederación Argentina, alegando que éste, combatiendo con sus mismas armas la práctica de escritura que hacían los exiliados unitarios, construía y diseminaba, por medio de la prensa, una imagen suya y de su gobierno favorable, especialmente a los ojos de Inglaterra, el país cliente de los saladeristas y ganaderos argentinos que él mismo representaba. Al señalar la complicidad del gobierno y la prensa de Buenos Aires representada por La gaceta, la nota ridiculizaba al presidente de la Confederación Argentina representándolo como un desconfiado y viejo psicópata de municipio de pequeño pueblo de campo, al mando de una banda de delincuentes, y ocupando su tiempo en contar orejas de perros.

Con los años la leyenda de las matanzas de perros fue creciendo. En la segunda mitad del siglo XIX, la Mazorca fue un tema constante de las novelas, y se alegaba que durante el gobierno de Rosas era tanta la sangre que corría de noche por las calles de Buenos Aires, "las matanzas eran tan grandes, que Rosas ordenó matanzas de perros para esconder el degüello de gente". Lo cierto es que desde el siglo dieciocho, en Buenos Aires eran famosas las jaurías de perros que protegidas por la oscuridad de la noche se juntaban y atemorizaban a los vecinos que iban al teatro. (37)

Con los perros proliferó el temor a la hidrofobia. Entonces en la primera mitad del siglo XIX se utilizó a los presidiarios para salir periódicamente a matar perros a golpes de maza. Pero en 1871, después de la identificación de la sangre de los saladeros y mataderos como los focos de la infección federal, cambió la forma de matar a los perros para que no hubiera derrames de sangre en las calles de la ciudad. En 1871 se terminó con la matanza practicada por los convictos, la matanza característica de la tradición federal, bárbara e insalubre que mezclaba la sangre de personas y animales. Se empezó a utilizar veneno para su exterminio.

El control de los perros identificados con un pasado de barbarie y enfermedad quedó en manos de los higienistas. Así, de la matanza bárbara y sangrienta realizada por los convictos, se pasó a la matanza salubre, realizada por la autoridad y sin derramamiento de sangre, y al control higiénico por medio de la observación de los animales sospechosos.

Se aplicaron técnicas de control fundamentales de los higienistas que siguieron siendo utilizadas por sus continuadores, para controlar las epidemias "morales".

CONCLUSIONES
La enfermedad es un accidente debido a la acción de un elemento (real o simbólico) extraño al enfermo, que, proveniente del exterior, se abate sobre él. En el interior mismo de esa posición, que confiere una prioridad (relativa o absoluta) a la exterioridad patogénica, pueden observarse, dos grupos de significaciones.
En primer lugar, la enfermedad tiene su origen en la voluntad malvada de una potencia antropomórfica o antropomorfizada (Rosas, Facundo), mediante ellos, los procesos patológicos se piensan en términos de relaciones humanas o (suprahumanas).
En segundo lugar, la enfermedad se origina en un agente nocivo, pero concebido esta vez como "natural", y aquí pueden distinguirse muchas explicaciones causales.
La relación del ser humano con el ambiente que lo rodea. Por ejemplo, lo que se hace prevalecer es: la influencia de animales y plantas; el medio físico, el clima; las condiciones ecológicas, sociales y políticas de existencia.
Las metáforas que se utilizan con más frecuencia para distinguir la agresión son las de penetración, invasión, fractura, posesión, ataque, asalto, herida, violación, y veneno. Cualesquiera sean las expresiones empleadas por Echeverría, vemos que se trata siempre de imágenes que tienen por función justificar que el individuo en sí mismo es intrínsecamente extraño a la transformación de su estado, y que las causas de la enfermedad deben buscarse por completo del lado del mundo exterior (germen, medio, modo de vida, educación, sociedad e ideología).
La enfermedad no es sólo una desviación biológica, sino una de carácter social (federal, unitario), y el enfermo es percibido por los demás y se ve a sí mismo como un ser socialmente devaluado. Pertenece a la categoría de los perdedores.
La representación de la enfermedad "federal", como el mal absoluto, que se manifiesta en el sentimiento de una desvalorización social (salvajes), es mucho más fuerte en la clase intelectual llamada la generación del 37, que en cualquier otra. En efecto, Rosas, "esa flor de la muerte", como lo llamaba Alberdi, no es lo que hace mal, sino lo que esta mal.


(*) Profesor y Licenciado en Historia (UNLU). Conferencista. Titular de la cátedra Historia Argentina y Americana I del Instituto Superior Dr. Arturo Jauretche.


  FUENTES BIBLIOGRÁFICAS
 

(1) Pierre Rosanvallon, La nueva cuestión social. Repensar el estado providencia, Buenos Aires, Manantial, 1995.
(2) La línea de investigación que aborda los problemas de salud desde la historia urbana se encuentra reflejada en diversos artículos publicados en Diego Armus y otros, Sectores populares y vivienda urbana, Buenos Aires, CLACSO, 1984; Diego Armus (comp), Mundo urbano y cultura popular. Ensayos de historia social argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 1990, y Diego Armus (comp), Huelgas, hábitat y salud en el Rosario del novecientos, Rosario, UNR Editora, 1995.
(3) Estos temas fueron tomados por Héctor Recalde, La higiene y el trabajo, Buenos Aires, CEAL, 1988, e Higiene pública y secularización, Buenos Aires, CEAL, 1989.
(4) Oscar Oszlak. Formación histórica del Estado en América Latina: elementos teóricos-metodológicos para su estudio, Buenos Aires, CEDES, 1978. También en Juan Suriano, El Estado argentino frente a los trabajadores urbanos: política social y represión, 1880-1916, en Anuario 14, Rosario, Escuela de Historia, Facultad de Humanidades y Artes, Universidad Nacional de Rosario, 1989-1990, "Notas sobre los primeros pasos en política social del Estado argentino a comienzos de siglo", en Cuadernos del CIESAL, 1,I, Rosario, segundo semestre de 1993, y "Estado y conflicto social: el caso de la huelga de maquinistas ferroviarios de 1912", en Boletín N° 4 del Instituto de Historia Argentina y Americana Doctor Emilio Ravignani, 3° serie, segundo semestre de 1991.
(5) Pierre Rosanvallon, La nueva cuestión social. Repensar el estado providencia. Op. cit.
(6) Diego Armus, Los médicos, Buenos Aires, CEAL, 1981; Ricardo González, Caridad y filantropía en la ciudad de Buenos Aires durante la segunda mitad del siglo XIX, en Diego Armus y otros, Sectores populares y vida urbana, cit.; Médicos, damas y funcionarios. Acuerdos y tensiones en la creación de la Asistencia Pública de la ciudad de Buenos Aires, mineo, 1993, y Susana Belmartino, Carlos Bloch, Ana Virginia Persello y María Isabel Carnino, Corporación médica y poder en salud. Argentina, 1920-1945, Buenos Aires, OPS-OMS, 1988.
(7) Esta tendencia se encuentra reflejada en: Susan Sontag, Las enfermedades y sus metáforas, Buenos Aires, Taurus, 1996; Francois Laplantine, Antropología de la enfermedad, Buenos Aires, Ediciones del Sol, 1999; Sheldon Watts, Epidemias y poder, Barcelona, Editorial Andrés Bello, 2000; Jorge Salessi, Médicos, maleantes y maricas. Higiene, criminología y homosexualidad en la construcción de la Nación Argentina. (Buenos Aires: 1871-1914). Buenos Aires, Editorial Beatriz Viterbo, 1995.
(8) José Luis Martí Tusquets, El descubrimiento científico de la salud. Barcelona, Anthropos, 1999.
(9) Marcel Proust, Por el camino de Swann, Buenos Aires, Hyspamerica Ediciones, 1983, Pág: 364.
(10) Thomas Mann, La montaña mágica, Barcelona, Ed. Plaza y James, 1980.
(11) Francois Laplantine, Op. Cit. Pág: 29.
(12) Elías José Palti y otros, El giro lingüístico, Universidad Nacional de Quilmes, 1997.
(13) El hecho de que la tendencia que domina con amplitud en nuestra medicina esté evidentemente "centrada en el cuerpo" (F. Laplantine) no debe ocultarnos que la idea misma de una enfermedad individual susceptible de aislarse, autónoma y que sería la morbilidad específica de un ser humano singular, es rarísima, e incluso con frecuencia inconcebible en el campo etnográfico de las sociedades conocidas.
(14) Piero Camporesi, La miserable enfermedad, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999.
(15) Thomas McKeown, Los orígenes de las enfermedades humanas, Barcelona, Editorial Crítica, 1990.
(16) Pierre Laplantine, op. cit. Pág: 76
(17) Ver en A. Taullard, Los planos más antiguos de Buenos Aires. Bs. As., Peuser, 1940
(18) William H. Katra, La generación de 1837. Los hombres que hicieron el país. Buenos Aires, Emecé Editores, 2000.
(19) Miguel Navarro Viola, El cementerio del Sud, su clausura y salubrificación. En la Revista de Buenos Aires-historia Americana, Literatura y Derecho, 95(1871), pp 471-480 y 96 (1871), pp 626-633.
(20) Noé Jitrik, Echeverría y la realidad nacional, en Historia de la literatura argentina. Tomo I. Buenos Aires.: Centro Editor de América Latina, 1967. Pp196-198.
(21) Roberto Cortéz Conde, Dinero, deuda y crisis. Evolución fiscal y monetaria argentina. Buenos Aires. Sudamericana, 1989.
(22) Roberto González Echeverría, señaló que en el Matadero "las escenas explícitas de abusos y violencia se presentan con el tono clínico de un observador científico", en Redescubrimiento del mundo perdido. Revista Iberoamericana, (Abril-Junio de 1988, pág.: 385-406.
(23) Domingo F. Sarmiento, Facundo. Barcelona, Ed. Planeta, 1986
(24) Jorge Salessi, Op. Cit, pág.: 61
(25) En Civilización y Barbarie en la literatura argentina del siglo XIX, El tirano Rosas, de Fernando Operé, Madrid, Ed. Conorg, 1987. Citó un texto del período que explicaba que "la cabeza de maíz, privada del grano, como usted verá, está provista de una serie de agudas puntas, y ásperos cuadros, y la diabólica idea de Rosas fue introducir ésta en los intestinos humanos, causando así innumerables heridas en el interior del cuerpo, heridas tan mortales, terribles y dolorosas, que creo no haya ejemplo de que una de las víctimas haya sobrevivido tres días después de ser atacada por el Club de la Mazorca". Enrique Rodríguez Molas, por su parte, en su Historia de la tortura y el orden represivo en la Argentina, Buenos Aires, Ed. Eudeba, 1985. Citó otra crónica publicada por José Rivera Indarte "en la Gaceta Mercantil del día 30 de Junio de 1835, en la que se anuncia que en el frente de una casa de la ciudad de Buenos Aires se había colocado un cartel con la siguiente inscripción: "VIVA LA MAZORCA". Al unitario que se detenga a mirarla / Aqueste marlo que miras / De rubia chala vestido / En los infiernos ha hundido / A la unitaria facción / Y así con gran devoción / Dirás para tu coleto: / Sálvame de aqueste aprieto / ¡Oh! Santa Federación / Y tendrás cuidado / Al tiempo de andar / De ver si este santo / Te va por detrás. Este mismo texto también fue citado por Fermín Chávez, en La cultura de la época de Rosas. La descolonización mental. Buenos Aires, Ediciones Theoria, 1973.
(26) Estaban Echeverría, El Matadero, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1979. Pág.: 84
(27) Noe Jitrik, Op. cit. pág.: 95.
(28)
Zelmar Acevedo, Homosexualidad: hacia la destrucción de los mitos. Buenos Aires, Ediciones del Ser, 1985.
(29) Resbalosa: Danza típica federal. Hace alusión a la tortura que la Mazorca imponía a sus víctimas, las cuales, heridas, "resbalaban" en su propia sangre.
(30) Esteban Echeverría, Op. Cit. Pág.: 85
(31) Jorge Salessi. Op. cit. Pág.: 69.
(32) Beatriz de Luca de Isuani. La salud en los tiempos del cólera. Biblioteca política Argentina, Vol.: 432, Centro Editor de América Latina, 1993, Buenos Aires. Pág. 29.
(33) Piélago: Parte del mar, que dista mucho de la tierra. Balsa, estanque. Lo que por su abundancia y copia es dificultoso de enumerar y contar.
(34) Leonardo Paso, Rosas: realidad y mito. Buenos Aires. Ed. Sílaba, 1971.
(35) Miguel Angel Scenna. Cuando murió Buenos Aires, en Todo es historia, Año I, N°8, 1967, Pág.: 8-27.
(36) William. H. Katra. Op. cit. Pág.: 131
(37) Concolorcorvo. El lazarillo de ciegos caminantes. Ed. Emece, Buenos Aires. 1989.



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